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  ENTREVISTA CÉSAR GUTIÉRREZ MUÑOZ CD
 
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Profesionales de la
Información y Documentación

César Gutiérrez Muñoz

Archivero de la Universidad Pontificia Universidad Católica del Perú.

Hace muchos años usted se encuentra dedicado a los archivos y una de sus principales preocupaciones es la formación de los archiveros ¿qué aspectos son los que considera se deberían reforzar para lograr la calidad en la formación de los futuros archiveros?

Hay que partir de un presupuesto esencial: el archivero primero es hombre antes que profesional. Es (o debiera ser) una buena persona, un buen ser humano, gente decente y confiable. Sobre la base de esta verdad hay que formar íntegramente a los archiveros, señalándoles de modo claro que su principal misión es servir a la vida con los documentos que la misma vida produjo. Para ello es necesario insistir en el ineludible aspecto ético. En el caso de que ya exista la vocación, fortalecerla, o en su defecto, crearla. Ofrecer la teoría actualizada sin olvidar los antecedentes y organizar una práctica dosificada para adquirir la experiencia. Inculcar en los estudiantes que ser profesional es más que ser experto o perito, menos aún un simple guardapapeles. Convencer al alumno que su carrera tiene la misma importancia que las demás. Darle seguridad en todo para que se porte igual ante sus pares de otros saberes y ocupaciones, sin complejos ni soberbia. Es decir, que profese con devoción lo que le ha tocado ser y hacer en este mundo.

Sobre el mismo tema ¿qué opina sobre la formación de los jóvenes en el campo de la Archivística, en el Perú de hoy?

Ha decaído notablemente. En el Perú funciona desde 1995 una Escuela Nacional de Archiveros (ENA), dependiente en todo del Archivo General de la Nación. Nació como una esperanza, pero está a punto de morir por inanición. En 2007 y 2008 no hubo ingreso de alumnos ni parece lo habrá ya. No existe información oficial al respecto. Nadie dice nada. Ahora se ha convertido en un lucrativo instituto de capacitación, nutrido de mucha gente que asiste a las clases más por el certificado que por aprender. Pero nunca alcanzará el alto nivel del recordado Centro de Capacitación para Archiveros (CCA/AGN), que en su tiempo fue el instrumento clave para el cambio archivístico en el país.

No obstante esta lamentable situación de la ENA – que afecta desfavorablemente a la enseñanza (aquí no se puede hablar de formación) –, de sus aulas ha salido un grupo bien preparado de jóvenes colegas, más por interés propio que por el debido estímulo docente. Sin embargo, los estudiantes en su mayoría no tienen el perfil adecuado para llegar a ser profesionales hechos y derechos: leen poco, no saben idiomas, su cultura personal es muy reducida, solo están preocupados en trabajar para obtener dinero inmediato, les falta sentido de vida. A ello debe agregarse algo importantísimo: los profesores son desiguales en sus conocimientos, en su pedagogía y en su puntualidad; algunos no saben dónde están parados. Uno que enseña lo relativo a los documentos electrónicos ignora el uso del elemental e-mail. Otro que no es titulado se ha convertido en el tutor de quienes se esfuerzan para conseguir el grado. Incomprensiblemente, se habla de egresados que no han aprobado todas las materias. La orientación de los trabajos finales de la especialidad está a cargo de un ‘metodólogo’ [sic], cultor de la forma más que del fondo del asunto tratado. Me apena mucho esta constatación. Por eso, ante este panorama sombrío no cabe sino tratar de insertar la carrera, lo más pronto posible, en una universidad. Ese será un gran paso.

¿Cuál cree que, en el futuro, sea la posición de la Archivística frente a las demás ciencias que se ocupan de la documentación e información?

No hay que esperar el futuro, sino ver el presente y tener en cuenta el pasado. Si el objeto de estudio de la Archivística son los archivos, la historia de éstos nos enseña mucho para comprender la realidad de nuestra ciencia. Desde Ebla, hace más de cinco mil años, hasta ahora, en 2009, los archivos no han dejado de ‘documentar’ ni de ‘informar’.

No hay por qué asustarse frente a la creciente intromisión en nuestro quehacer de las ciencias cercanas ni de sus ejercientes, principalmente, los bibliotecarios y los historiadores. Ante este fenómeno globalizante (con perdón de la palabra), busquemos la integración de todas – algo así como la interdisciplinariedad –, sin perder las características propias de cada una, sobre todo de la nuestra. Estemos vigilantes, pero abiertos a otras sabidurías y prácticas. Cada época tiene sus exigencias; las que nos ha tocado vivir actualmente no son ni pueden ser las mismas de hace veinte o cincuenta años atrás. La regla de oro es correr con el tiempo, sin apuro y sin ansiedad, y, claro está, sin perder la esencia y los propósitos que identifican a la Archivística, haciendo que sea ella misma y no otra. La ‘modernidad’ ha cambiado las palabras, pero no los conceptos básicos. Los colegas se expresan con los nuevos términos para decir lo de siempre, suscitando la confusión. En la América hispana se habla español, pero no el mismo idioma, pues los sinónimos y las equivalencias usados en cada país hacen diverso y, con frecuencia, incomprensible nuestro argot técnico. ¿Todos saben qué significa ‘bibliorato’? Todavía no nos entendemos plenamente. La vieja discusión terminológica sigue tan joven como en el principio.

Actualmente vivimos en lo que se ha denominado la “Era de la Información y el Conocimiento”. Siendo los profesionales de la información quienes velamos por la accesibilidad, conservación y administración de estos recursos de información, ¿estamos realmente los archiveros latinoamericanos cumpliendo nuestra función en este aspecto?

No puedo señalar con exactitud lo que sucede en Latinoamérica, aunque intuyo un desnivel en adecuarse a la llamada “Era de la Información y el Conocimiento”. Sin embargo, sé por referencias directas que en los diferentes países hay preocupación por el tema. Los archiveros quieren ponerse al día. Hay esfuerzos de distinto tipo. Por eso, de lo que sí estoy seguro, es que hay que adaptarse a los nuevos enfoques y responder a los retos del mejor modo posible. La actualización archivística no solo es una necesidad, que hay que satisfacer plenamente (con buenas bibliotecas, conferencias, cursos, congresos et al.), sino, además, ya es un estilo de vida profesional. No estamos solos, hay que mirar más allá...

Ese desarrollo de las ciencias de la información apoyado por el uso de la tecnología informática es motivo de algunas preocupaciones para los archiveros ¿Cómo ve usted el problema de obsolescencia tecnológica y pérdida de archivos digitales?

Este asunto es consubstancial a la naturaleza de la tecnología contemporánea: cambia vertiginosamente, de pronto – muy pronto – envejece o su funcionamiento se ve frenado porque hay programas más avanzados; estos aparecen más rápido de lo que se espera. Entonces nos enfrentamos a la imprescindible y cara migración, grave problema que redunda en la conservación de los documentos, porque se da el caso de que la copia no resulta igual que el original. Y también a la conversión de formato, proceso en que a menudo se pierde la información registrada. Hay que enfrentar esta realidad con previsión, con un presupuesto suficiente – ¡casi una utopía! –, sobre todo con un optimismo más racional que emotivo. No siempre las cosas resultan fáciles ni como uno las quiere. Pero hay que echarle ganas.

Estamos ante el ‘boom’ de los documentos electrónicos, aunque noto que no se les conceptúa de modo correcto. Aparecen publicaciones íntegramente dedicadas al tema, sean individuales o en números de revistas; se organizan casi paralelamente reuniones – como las que este año están anunciadas en Colombia, Venezuela, Uruguay, Perú –; hay comités nacionales e internacionales con el propósito de estudiarlos; se dan normas ad hoc; es decir, hay una preocupación creciente y legítima por conservarlos. Pero los resultados todavía no están a la vista. Es que, como bien sabemos, entre el dicho y el hecho hay mucho trecho.

En los últimos años se está trabajando con cierta amplitud el tema de los derechos humanos y los archivos, ¿cómo considera que se pueda enfrentar las responsabilidades que deben asumir los funcionarios de los gobiernos dictatoriales que tuvo Latinoamérica en relación a los archivos y a la documentación en general?

Para ser justos y precisos, cuando se habla de derechos humano hay que referirse a todos los derechos del hombre y de todos los hombres, sin excepción alguna. Se disminuye su trascendencia en el momento en que se les ve y trata sesgadamente. Eso sucede, por ejemplo, al politizarlos, pues se les quita su esencia general e identificatoria.

Si se revisa el valor y la importancia del servicio archivístico a lo largo del tiempo se notará que, con sus matices de época, de costumbres y de circunstancias, el requerimiento siempre se atendió para satisfacer a la persona solicitante. Es decir, el legítimo derecho de pedir un documento o una información de alguna manera fue correspondido, con sus más o sus menos. Ahora hay más garantía de que así sea. La proliferación mundial de normas sobre transparencia y accesibilidad nos ofrece mayor seguridad, aunque, como todo en la vida, depende del hombre que sirve al hombre.

Otro cantar es la mala práctica de quienes por convicción o por orden superior manipulan los documentos, adulterándolos o eliminándolos arbitrariamente, lo que no solo pasa en las dictaduras, sino también en las democracias. Abundan los ejemplos. El infractor debe ser denunciado y sancionado de acuerdo con la ley; lo cierto es que son pocos los casos que llegan a esta instancia.

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