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  FIRMAS: EDGAR ESPINOSA OSORIO CD
 
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Medios de Comunicación
Publicado el 13 de Noviembre de 2007
 

Los documentos televisivos

Edgar Espinosa Osorio
Estudiante Escuela Nacional de Biblioteconomía y Archivonomía (ENBA)
Diplomado en Autogestión Cooperativa, en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM).
urbietorbiarchivonoma.blogspot.com

Edgar Espinosa Osorio ¿Eres de los que se sumerge en el catre para aventurarse frente al televisor y sentir que tienes en tus manos el control remoto y con ello la neta de tus impulsos?, ¿de los que pasa toda una jornada de trabajo frente a ella, palpitante y podrido de historias?, ¿o, acaso un enano modesto que de vez en cuando le echa una mirada insatisfecha a la programación?. Entonces, todo esto te interesará.

Te has preguntado: ¿qué tipo de contenido se presenta a la población?, ¿valdrá la pena emplear estrategias archivísticas para el resguardo y mantenimiento de sus acervos documentales?, ¿somos una sociedad de consumo?, ¿qué grupo o grupos de poder se encuentran alrededor de las televisoras?, ¿quiénes regulan su contenido, fungiendo como “árbitros”, atendiendo y vigilando que se cumplan los compromisos regulatorios?

Estas y muchísimas interrogantes tendrían que ser analizadas. Sin embargo, resultaría prácticamente imposible abordar todos estos temas, puesto que son muy complejos e implicarían un acercamiento más riguroso y esa tarea se la dejo a los futuros comunicólogos.

Por ello, en este trabajo me acerco particularmente en los contenidos generales de la programación abierta de las principales televisoras, o duopolio, existentes en nuestro país (Televisa y Tv Azteca), pues el grueso de la población cuenta con éste medio de difusión. Mi objetivo es contribuir desde una mirada modesta y acaso pincelada, no por ello menos importante, de explicar la necesidad de análisis y cambios que se requieren para sanear la estructura televisiva en la manera de elegir los documentos y temática que día con día hurga la conciencia de la población, llevándonos a un camino perdido, sin un cerebro que auxilie la rectoría cultural y social de los mexicanos por parte del gobierno, por lo tanto, es razón de estado el planificar y reorientar el funcionamiento estructural de esos medios a los que he aludido.

Se puede leer el siguiente trabajo como una exigencia a espacios por la vía ciudadana, en un estado democrático que no considere su capital económico por encima de las preocupaciones sociales y humanas en nuestra sociedad.

Mi atención se centra en el conocimiento, cuestionamiento y procuración de los principios de la dignidad humana que las empresas de telecomunicación deberían promover por medio de su sistema abierto a la sociedad mexicana. Es responsabilidad de los medios el cumplimiento de las normas establecidas en la Ley Federal de Radio y Televisión y es necesario que el estado mantenga la rectoría de éstos principios para que no se vean perturbados o desviados por el capricho del consumo y se legitimen como un oscuro deber “patriótico”. La rápida expansión con que llegan a los cientos de miles de hogares receptores y todo lo que se muestra en los programas, nos da pie a reflexionar sobre los contenidos de su programación.

Estas son las principales inquietudes que zarandean mi cabeza: Por un lado, las grandes empresas económicas con un gran caudal de tecnología, despreocupadas del entorno social y, por el otro lado, el grueso de la población mexicana empobrecida y dominada por caprichos de la industria y de la rentabilidad “intervensionista”, por llamarlo de algún modo, de un gran aparato de dominio del consumo, con un contenido de vorágines programaciones inmersas en una cultura de retazos visuales.

Los medios y su reglamentación / El poder político y la manipulación de los medios de comunicación.

La Ley Federal de Radio y Televisión mexicana posee 2 artículos que nos dan una idea del compromiso social adquirido por los duopolios con la sociedad mexicana, una vez que fueron autorizadas las concesiones para operar por las autoridades gubernamentales:

Artículo 4o.- La radio y la televisión constituyen una actividad de interés público, por lo tanto el Estado deberá protegerla y vigilarla para el debido cumplimiento de su función social.

Artículo 5o.- La radio y la televisión, tienen la función social de contribuir al fortalecimiento de la integración nacional y el mejoramiento de las formas de convivencia humana. Al efecto, a través de sus transmisiones, procurarán:

I.- Afirmar el respeto a los principios de la moral social, la dignidad humana y los vínculos familiares;
II.- Evitar influencias nocivas o perturbadoras al desarrollo armónico de la niñez y la juventud;
III.- Contribuir a elevar el nivel cultural del pueblo y a conservar las características nacionales, las costumbres del país y sus tradiciones, la propiedad del idioma y a exaltar los valores de la nacionalidad mexicana.
IV.- Fortalecer las convicciones democráticas, la unidad nacional y la amistad y cooperación internacionales.

Artículo 6o.- En relación con el artículo anterior, el Ejecutivo Federal por conducto de las Secretarías y Departamentos de Estado, los Gobiernos de los Estados, los Ayuntamientos y los organismos públicos, promoverán la transmisión de programas de divulgación con fines de orientación social, cultural y cívica [1].

Queda claro que desde la construcción de ésta ley, ha sido preocupación del estado vigilar y además proteger que se cumpla la función social de los medios televisivos, aunque creo que, en la práctica, las reglas de las empresas que ofrecen este servicio de comunicación y entretenimiento se han ido extraviando, sustituyendo el compromiso adquirido con el estado; para funcionar en términos de intereses de consumo y de mercado, que va más allá de la buena voluntad; las empresas que patrocinan sus productos se incrementan y multiplican de una forma desmedida. Y ¿qué hay de los programas de entretenimiento?. Aquí se tendría que explicar con mucho cuidado cuestionando su programación establecida en términos sociales, ya que en la medida de la elección de los programas por parte del televidente, son distintos los puntos de encuentro y desencuentro al abordarlos. Sin embargo, sí puede enfocarse a esos programas desde una visión general, remitiéndonos a sus compromisos en los artículos antes citados. El periodista Federico Berruelo, sentencia: “ahora los dos grandes monopolios promovidos, tolerados y protegidos por el gobierno –el de las telecomunicaciones y el televisivo--, se vuelven intocables, no obstante el evidente abuso, su indebida intromisión en el quehacer político y legislativo, así como el perjuicio que causan a la economía de mercado y al desarrollo nacional” [2]. Ante esta reflexión complementaria que también esa intromisión se da en el terreno del fomento creciente del consumo. De aquí la importancia de regular esos medios que actualmente concentran 84 por ciento de las concesiones televisivas en todo el país. Dos televisoras, que según algunos especialistas han aceptado que tienen de rodillas a los políticos, a la sociedad y a los partidos; basta ver la influencia en las pasadas elecciones presidenciales (2006) y el enorme cúmulo de riqueza que obtuvieron por la pésima propaganda política en su pantalla. Sin embargo, esta interrogante a continuación es tan representativa del mundo moderno: ¿es la cultura de masas un producto de la sociedad de consumo?

Analistas serios en el tema observan este fenómeno del incremento de la sociedad de consumo, desarrollándose en simetría con la consolidación de la cultura de masas. Y ¿los consumidores han logrado una autonomía en la dirección de su comportamiento, ante la adquisición de bienes y servicios?. Pienso que no es así, ciertamente los consumidores tienen en la actualidad un margen de “libertad” en la elección del producto de bienes y servicios, sin embargo, aquí la sospecha y la duda dan cuenta; ya que ¿quiénes permiten esa supuesta “libertad” de compra, en un mundo polarizado por abismales diferencias económicas, políticas y sociales, fragmentado por ingratas guerras en el nombre de Dios?, James Petra, al respecto nos dice: “Es claro que Estados Unidos no ejerce “hegemonía” sobre 70 por ciento de la población urbana y rural, en especial obreros, campesinos y empleados públicos. La influencia ideológica o hegemonía estadounidense se ejerce sobre la elite política y económica” [3].

A su vez, hace un claro reconocimiento que el imperialismo es una estructura como una relación (en toda latinoamérica), comprendiendo una vasta interconexión económica que explota a Latinoamérica; y en esto las agencias del Estado penetran en forma “camaleónica” en las instituciones de la vasta región continental. De aquí se desprenden algunas conjeturas: la “libertad” de consumo gravita en torno a los grandes intereses del mercado liberal, luego entonces, nos encontramos en un estado de indefensión frente a éste páramo de desolación del consumo banal.

Pero como he mencionado en las primeras páginas, éste tema de la sociedad de consumo es tan amplio y complejo que nos llevaría escritos y escritos, por lo tanto, retornemos a nuestro cometido. Concluyendo, es necesario revisar nuevamente y analizar en una forma periódica las leyes regulatorias con base en el bien común, y, a su vez, llevarlas a la práctica, una vez que fueron evaluadas por diferentes representaciones sociales, creándose un órgano representativo. Por otra parte, cuidar que el estado garantice que se respeten los acuerdos con las concesiones que se otorgaron al duopolio, esto es, para el mejoramiento de las formas de convivencia humana. Sin embargo, no dejar a un lado los mecanismos que eviten que el estado o cualquier empresa influyan en relación a su contenido social, político o económico, salvo, cuando así se requiera en beneficio del bien común. Pero, ¿quiénes serían esas células de observación?......Por lo pronto, considero que deberían de quedar fuera de ese órgano cualquier “pontificado” que quiera “redimir” las almas de los “desviados”; la “intelectualidad” reciclada y “afamada”; los “caciques” del poder; los “charros” sindicales; los “dinosaurios” del régimen; la “derecha” pragmática y mojigata; la “izquierda” de las tribus, el “centro” acechante, peligroso y oportunista; ni los “caudillos” demagogos, ni militares, ni policías, etc., etc., ¿qué nos queda?, la sociedad civil.

LAS REPERCUSIONES SOCIALES DE LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN

¿Algunos de ustedes sufre conmociones al ver los programas del “corazón” y reality show?, o prefieren ser de los enanos podridos de historias con los cuentos de Mark Taiwan. En nuestros días, sumergirse en las cadenas de producción televisiva mexicana, para deleitarse los sentidos con los programas de música de cámara, de rock, blues o danzón, son extraordinariamente costosos. Sin embargo, ¡he aquí la gran desilusión!, ¿qué porcentaje de la población mexicana tiene acceso a la señal de cable, para acceder a una gran variedad de menús en la programación?, si nos atenemos a las referencias ordinarias, pensamos que el porcentaje es sumamente ridículo. Entonces, lo único que queda es una programación francamente penosa.

Ver televisión se ha vuelto un hábito para gran parte de la población, un medio brutalmente masivo y mansificador. Un pulpo sofisticado que se nutre del capital del tributo. Un rastreador de “lagunas” oportunista ante la evidente desprotección de “los de abajo”, título de su libro de Mariano Azuela.

Ahora los niños se divierten con caricaturas del “Chavo del Ocho”, “sueños y caramelos”, escrito y dirigido por la elite de “escribientes” que vomita la poderosa empresa del imperio Azcarraga, que no hace más que resaltar a muñecos de aparador con retazos de historias frívolas, con lágrimas espectrales y falsos chillidos estridentes; estropeadas historias momificadas por el coloso de San Ángel Inn. Y ¿qué hay de su programación para adultos?. Considero que lo grave del asunto, es que ahora, tanto los supuestos programas para niños, como para adultos, se vuelven uno solo. En una historia para niños encontramos a los adultos que se atropellan, que se insultan, se abofetean y en las historias de los adultos......¡No hay más que escribir!. Estoy convencido que los niños imitan y juegan con todo este fragmentado proceso, repercutiendo en sus paseos, en sus inquietudes y hasta en sus sueños; en esto último los especialistas en la psique, nos enriquecerán con papiros de lecciones; considero que deberían de jugar más en los parques (que hay pocos en los alrededores de la ciudad, además son peligrosos por el elevado índice de asaltos a los transeúntes), perderse en su inacabable imaginación con los mimos y payasos, con chocolates, mitos y leyendas, libros y cuadernos. Así podemos seguir transitando de programa en programa, sin encontrar casi nada. En esa lógica ¿vale la pena resguardar en sistemas archivísticos novedosos con estructuras costosas, la poca divulgación con fines de orientación social, cultural y cívica?. Al respecto nos ilustra Javier Esteinou: “La amplia penetración de los medios de comunicación electrónica los ha convertido en los canales a través de los cuales se construye opinión pública, se desarrollan y destruyen valores, se promueven estereotipos, se convence e induce al consumo. Los ciudadanos receptores de la programación han tenido pocos medios de defensa y protección ante las formas y contenidos de las transmisiones radiofónicas y televisivas. Son audiencias pasivas, sin participación ni opinión, sin defensa ni medios de reclamo y compensación” [4].

La reflexión y el análisis en torno a estos monstruos bicéfalos de la comunicación, tendría que llevarnos a emprender una seria investigación en todos los rubros para que se pueda entender la madeja creada en este aparato de control.

Y algún día, en algún momento y en algún lugar, ese enano gozará de satisfacción.

REFERENCIAS

[1] http://www.diputados.gob.mx/LeyesBiblio/pdf/114.pdf

[2] Federico Berruelo, “Barrio y Cárdenas, mal augurio”, en Milenio Diario, sección de acentos, 10 de julio, 2005, p.25.

[3] James Petra, “Relaciones EU-AL: hegemonía, globalización e imperialismo”, en La Jornada, 10 de julio, 2005. p.30.

[4] Javier Esteinou, “Transición Política y Reforma de la Ley Federal de Radio y Televisión”, en Razón y Palabra, primera revista electrónica en América Latina especializada en Tópicos de Comunicación, http://www.cem.itesm.mx/dacs/publicaciones/logos/anteriores/n4, Octubre-Noviembre, 2004, No. 41, 30 de abril, 2005, 09:21 a.m.

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