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  FIRMAS: JOSÉ CLAUDIO TEIXEIRA CD
 
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Información y Conocimiento
Publicado el 25 de Junio de 2007
 

La desmemoria o la aplicación del olvido

José Claudio Teixeira
Presidente
Arquive - Memória e Informaçâo

José Claudio Teixeira La privación de información seguramente dificulta la acción, el desarrollo y genera el oscurantismo. Por otro lado, el exceso de información, sin el análisis reflexivo para su organización, genera el mismo fenómeno del desconocimiento, de la inacción. Vivimos en una época en que es innegablemente necesario el poseer bases sólidas de información.

En una época en que la memoria se ha prolongado de innumeras formas y que el cambio tecnológico nos impone la preocupación -y la acción- a fin de conservar los registros informacionales de nuestra época a las futuras generaciones.

El objeto de la archivística es la información que en algún momento se encuentra registrada en algún tipo de soporte. El documento original, creado dentro de la acción espontánea, derivado de alguna actividad, interdependiente y interconecto en una inquebrantable organicidad con otros documentos que resulta en la materialización de la responsabilidad con el otro ser humano, en el tiempo, en el espacio. Operativo o patrimonial, el documento de archivo es un medio para el vivir o la propia vivencia. Así, el presente debe ser precisamente registrado para convertirse en la apropiada herencia a la memoria colectiva en el futuro.

Según Michel Foucault, el hombre no existía antes del siglo XVIII. La invención del hombre que es a la vez sujeto y objeto habría sido el resultado de la liberación - o renuncia - de que una existencia es dependiente de una otra, creadora. Por un lado la independencia de creador y criatura desvela la tomada de conciencia del libre albedrío, una autonomía de concepción y consecución de la vida, de perseguir avances, construir destinos. Por otro, si está cierto, Foucault enseña que en la naturaleza no hay linealidad comprensible, que la invención judaico-cristiana del principio y del fin absolutos no es algo factible. Estaríamos más cercanos a la idea de Nietzsche del eterno-retorno. Y por ello, necesitamos de la información heredada, para se llegar al conocimiento que suscite el avance en el tiempo, la posibilidad de trayecto a recorrer en el espacio. Al hombre es necesario poseer información poseer el significado de sus tres componentes: el contenido, la estructura y el contexto informacional.

Como un día ocurrió con el surgimiento del papel o de la imprenta, esta es una época de transición – muchos están perplejos delante de la supuesta inmaterialidad de los registros electrónicos, por ejemplo. Y la nuestra, es la época del riesgo de que en cien años tengamos mucho más documentación de los siglos XIX e principios del XX que del final del XX e principios del XXI [1]. El censo estadounidense de 1960, por ejemplo, fue migrado y almacenado en modernas cintas magnéticas; dieciséis años después, solamente habían dos ordenadores en todo el mundo que tenían la capacidad de leer sus datos (uno en Japón y otro como pieza de museo en el Smithsonian Institut); Las informaciones recolectadas a partir de las observaciones de satélite de la región Amazónica brasileña de 1970 –relevantes para el estudio climático- fueran inutilizadas para siempre en cintas magnéticas obsoletas [2]. Estos ejemplos (de la problemática de la conservación de documentos nato-digitales) nos llevan a profundizar acerca de la importancia de la información como un bien de interés publico que trasciende generaciones, o sea, informaciones de interés archivístico, documentos de interés colectivo, que se inscriben en aquello que definimos como patrimonio.

Así como la memoria y la cultura, el archivero brasileño Luis Carlos Lopes recuerda que “la información no depende de registro material para existir” [3], pero necesita de ‘cultivo’, ‘cuidado’, etimología de la palabra cultura. Como bien se nos explica Pierre Nora, cualquier que sea la tecnicidad del sentido que se dé, la información “[...] siempre funciona como un reductor de incertidumbres. Seguiría siendo ininteligible si no viera a enriquecer una sabiduría organizada, a reestructurar el cuadro preestablecido al cual ven a estar inscrito”, a desarrollar la posibilidad de interpretar el presente y valorar el futuro, a preservar de la nociva construcción de verdades. Ya en la Grecia antigua, la palabra Historia significaba, entre otras acepciones, información, relato; la latina Historia significaba entonces narración, aventura. Y es precisamente de la concepción latina que tenemos la idea recibida de una historia que es un conjunto de eventos y secuencias del pasado y sus resultados, la memoria de una sociedad, de un período, de todos los hombres y mujeres.

Dicho eso, la información registrada y que puede ser restituida es por excelencia un medio para la memoria al tiempo en que configura e mantiene la cultura, siempre extemporánea y actual, como un puente entre tiempos diferentes. La memoria es una ingeniosa tentativa de trascender el entendimiento del efímero, de la diferencia ontológica de la naturaleza de los tiempos presente y pasado, explicado de esta forma por Deleuze: “[...] es de lo presente que se precisa decir, a cada instante, que él era y, del pasado, es necesario decir que él es, que él es eternamente, todo el tiempo” [4].

La información, en si misma, trasciende las naturales nociones del tiempo y del espacio. Matriz de la memoria, etimológicamente, información, del latín in-formatio, significa dar forma, expresando, de manera extensiva, una noción, una idea, una representación. Con el paso de los tiempos y la evolución de las propias ideas, la evolución de la ciencia y su aplicación – la tecnología-, ese sustantivo fue evolucionando y siendo pulido bajo diversas rubricas, entre ellas, la de la Ciencia de la Información. La memoria, la cultura y la información son los tres pilares que establecen un conjunto de riquezas elaborado por el propio hombre en su pasaje por el tiempo y por el espacio: la constitución de su propia historia.

Es pues, tan importante conservar la información cuanto conocerla y poder accederla. Por ello, las residencias de información y memoria (archivos, bibliotecas, museos, centros de documentación, etc.) además de los procedimientos técnicos habituales de organización y conservación, deben dedicarse a la comunicación de la información, su publicación en el sentido mismo de tornarla pública, de difundirla, de llevarla al ciudadano, de transformarla en posibilidad de conocimiento, ya que es imprescindible al desarrollo estable y duradero de una sociedad calificada de democrática el tener acceso a su memoria colectiva, al patrimonio documental que, de cierta forma, es suya, la es precedente y al mismo tiempo contemporánea.

En el siglo XX con el incremento exponencial de la información en innumerables soportes, el universo de los archivos recibe un tratamiento científico, surgiendo así una ciencia archivística, propia, con conceptos, metodologías y teorías especificas. En el final el mismo siglo, consolidada como área sistematizada de conocimiento, la teoría y practica se califica, revisa sus principios y adquiere las propiedades necesarias para reflexionar y ampliar sus puntos de actuación, proporcional a la complejidad de la sociedad contemporánea, inmersa en las nuevas tecnologías de la información y la comunicación.

En el año 2003 cada habitante del planeta ha producido alrededor de 800 mega bites de informaciones nuevas, almacenados en los soportes: 92% en medio magnéticos (sobretodo discos duros), 7% en películas, 0,01% en papel y 0,002 en medios ópticos [5]. De hecho, la archivística contemporánea ha contestado perfectamente a las necesidades de preservación de la información digital (véase los innumeres proyectos: Pittsburg, UBC, VERS, EROS, SPIRT, INTERPARES, OAIS, etc.) pero la complementación e implementación de estos estudios viene de la profundidad de distintos niveles de discusión: social, político, económico, tecnológico, etc. A esto es lo que también se propone esta plataforma para el cambio ciudadano: para que no sea considerada la nuestra la era de la desmemoria. Una edad de la dicotomía de la oscuridad y de la imagen.

La memoria es posible en una dimensión que contempla el tiempo, y además el espacio, bajo la omnipresencia del lenguaje. Tiempo y memoria son terrenos inseparables que surgen en el siempre delicado presente. Es él, un punto denso de impresiones y experiencias atemporales que nos permite alcanzar ese espacio sugestivo del pasado bajo la forma del recuerdo. Y es precisamente la memoria que nos fornece la identidad, sea individual o colectiva.

Todas las épocas de la existencia humana pueden ser definidas por sociedades principalmente compuestas de información y conocimiento. Normalmente el marco de una sociedad en el tiempo es la forma material preponderante relacionada a la información y el conocimiento. O sea, ese elemento material que la caracteriza -que soporta, carga y trasmite información- ha sido paulatina y persistentemente matizado, madurado, profundizado entre dicha sociedad a punto de tornarse una característica de su evolución, marcando toda una época [6].

Hay muchos pensadores que afirman: vivimos en la era del falso y del olvido. Épocas de la coexistencia entre la omnipresencia y la plena ausencia, en una sociedad que impone simetrías y envuelve todo como un gran -o patético- espectáculo. Una época cargada de informaciones que no (re)presentan nada mas que informaciones, que se esparcen, se fragmentan y se objetivan de modo falso. Hoy sobrevivimos a esta era de la imagen. Una era edipiana, donde las preguntas no caben o son las propias respuestas, dónde no hay dudas que persisten al tiempo de obtenerse respuestas, una era en que se nos presenta radicalmente los limites de las facultades del conocimiento, donde acabaremos por ‘arrancar los propios ojos al estar tensionalmente ciegos acerca de nuestro propio enigma’ [7].

Ya en su época, Walter Benjamin había notado que habíamos cambiado el prestigio de las narrativas populares tradicionales por la voluptuosidad del novedoso, mismo que efímero. La información muchas veces es tomada como un índice del conocimiento y de la sabiduría. Y esta confusa y equivocada concepción viene del acierto de que solamente se construye la sabiduría y el conocimiento a partir de la maduración cualitativa de una cantidad considerable de información. Por otro lado, la sabiduría misma es “la expresión máxima del conocimiento adquirido”, conforme dijo Kracauser, ya que “permite relacionarlo de forma reflexiva y producir nuevas formas de conocimiento, en un proceso de retroalimentación que proporciona una especie de conducta comprensiva sobre los conocimientos adquiridos”. Información genera información.

En la actualidad padecemos de la abundancia y de la volatilidad de la información. Por ello, nuestra época de las imágenes es también la época del no-recuerdo, de los avances del pensamiento complejo y de la desmemoria, de los avances tecnológicos de los procesamientos de datos y del olvido. Véase el dilema de los soportes que cargan los datos: cuanto más capacidad de almacenamiento menor la fiabilidad, menos perdurables son estos soportes.

El archivo es de modo subjetivo un complejo de instantes de la realidad. La realidad no historiada es aquella que subyace en los archivos, siempre una posibilidad de interpretación o reinterpretación, siempre un legado: testimonio y documentación, como observan algunos historiógrafos que establecen que los archivos conservan la verdad de los hechos del pasado. De Hecho, según Derrida, los archivos en su afán de guardar el presente y el pasado para disponibilizar al futuro desean (re) construir “el hecho auténtico”, obteniendo un proceso dialógico entre lo que puede ser recuerdo u olvido. Dice el filosofo francés que la cuestión de los archivos (de la información, por supuesto) no es una cuestión del pasado, pero sí, una cuestión del futuro, de una concepción de esperanza, de una actitud reflexionada de responsabilidad con el porvenir.

NOTAS A PIE DE PÁGINA

[1] Buena parte de la sociedad mundial (incluyendo la jurídico-administrativa) ve con admiración a los documentos nato-digitales, como se miró en su día el papel, al remplazar paulatinamente el pergamino.

[2] Kátia de Pádua Thomaz, en “A Preservação de Documentos Eletrônicos de Caráter Arquivístico: novos desafios, velhos problemas”, tesis doctoral, Escola de Ciência da Informação, UFMG, 2004.

[3] Luis Carlos Lopes en “A nova Arquivística na modernização administrativa”. Rio de Janeiro, 2000.

[4] Deleuze en “El Bergosnismo”.

[5] “How Much Information?” - University of California / School of Information and Management Systems (2000-2003), cita de Kátia de Pádua Thomaz.

[6] Waters y Garret.

[7] Senhor Amaro. “La poesía del tiempo”. Edición del autor. (traducción nuestra).

REFERENCIAS

Buckland, Michael. Information as a Thing. 1991 www.sims.berkeley.edu/~buckland/thing.html

Castells, Manuel. A sociedade em rede. 3.ed. São Paulo: Paz e Terra. 1999.

Deleuze, Gilles. El Bergsonismo.1.ed. Madrid: Cátedra, 1987.

Derrida, Jacques. Mal d’Archive. Paris: Galillé, 1995.

Ernst, Wolfgang. Das Rumoren der Archive. Berlin: Merve Verlag, 2002.

Erpanet. Digital preservation. 2004. www.erpanet.org

Kracauer, Siegfried. Time and History. En: Zeugnisse. Theodor W. Adorno zum sechzigsten Geburtstag. Hg. Max Horkheimer. Frankfurt a. M.: Europäische Verlagsanstalt, 50-64. 1996.

Le Goff, Jacques. Histoire et mémoire. Paris: Gallimard, 1996.

Lopes, Luis Carlos. A informação e os arquivos : teorias e práticas. Niterói : EDUFF ; São Carlos (SP) : EDUFSCar, 1996.

Ricoeur, Paul. Definición de memoria desde un punto de vista filosófico IN: ¿Porqué Recordar? Barcelona: Granica, 2002. pp. 24/28.

Searle, john. Du cerveau au savoir: Conférence Reith 1984 de la BBC, Hermann, Paris, 1985.

Waters, Donald; garrett, John. Preserving digital information: report of the Task Force on Archiving of Digital Information commissioned by the Commission on Preservation and Access and the Research Libraries Group. Washington: Commission on preservation and Access. 1996.

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