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| Archivística |
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| Publicado el 15 de Marzo de 2007 |
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¡Viva Colombia! A la memoria de Delia Palomino Urbano
César Gutiérrez Muñoz
Archivero de la Universidad
Pontificia Universidad Católica del Perú
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Como siempre, otra vez en Colombia. ¿Vacaciones archives included? Sí señor, con mucho gusto. En Bogotá (ya sin el histórico Santafé en su nombre oficial), el Domingo de Pascua (15 de abril) recorro toda la ruta del fantástico TransMilenio y me bajo en la plazuela de San Victorino para ir a pie hasta el local del Archivo General de la Nación -en la Sexta con Sexta- para verlo por fuera; ese mismo día compro en la Carrera Séptima un número pasado de La Revista Dinners (marzo de 1998) donde hay una entrevista a su arquitecto, el gran Rogelio Salmona, del que se ha hecho un hermosísimo libro. |
El lunes 16, a primera hora, visito en su despacho de director técnico de la Biblioteca Luis Ángel Arango a Carlos Alberto Zapata Cárdenas, presidente de la Sociedad Colombiana de Archivistas, fundada en el AGN el 1 de diciembre del 2000; en ese preciso momento llama su padre, don León Jaime Zapata García, pionero de la educación archivística; me lo pasa: una sorpresa para él, mucha emoción para mí: han pasado tantos años sin saber el uno del otro. Al salir, cruzo la calzada de la Calle de la Moneda para apreciar la fabulosa Donación Botero, muy bien instalada por el Banco de la República (indudable líder del mecenazgo cultural en la América Latina, pues no hay dos como él).
La pintura La carta (óleo sobre lienzo, 1976) muestra a una voluminosa mujer desnuda tendida sobre una estrecha cama con el documento en la mano y la mirada pensativa. Sigo al AGN donde tengo un encuentro grato con Myriam Mejía (¿Cómo está Ada Arrieta? Aunque usted no lo crea ¡delgadita!) y con Sara González Hernández: animada conversa. Sara me entrega el número 23 de ALA, la revista de la Asociación Latinoamericana de Archivos, en homenaje a don Aurelio Tanodi. ¡Qué maravilla! La edición incluye el texto de la Ley General de Archivos (ley n° 594), promulgada en Bogotá el 14 de julio del 2000 por el presidente Andrés Pastrana. Con ese tesoro en la mano, al despedirme, prometo regresar al día siguiente. César no deje de venir. Frescas, lo haré. Por la tarde ingreso en la Universidad Colegio Mayor Nuestra Señora del Rosario (né en 1653) hacia el Archivo Histórico: estoy con su directora María Clara Guillén de Iriarte; hablamos largo en la acogedora cafetería de la terraza con un tinto en la mesa (los tintos se ofrecen y se sirven en todas partes y a cada rato; si uno pide café, se lo dan con leche). En la solemne sala de consulta conozco a Julio César Gaitán Bohórquez, joven y amable profesor de Historia del Derecho.
Por la noche reviso las páginas amarillas del Directorio Telefónico 2001 de Bogotá (Publicar S.A.): hay cinco columnas de avisos sobre organización de archivos (p. 633-634). Me dicen que existen más empresas dedicadas a este menester, no todas buenas, por cierto. ¿Qué dirá Letty cuando se entere que estoy aquí? El 17 vuelvo al AGN antes de la sesión del Comité Directivo (los martes, a las 9 a.m.) para saludar al eminente y querido director Jorge Palacios Preciado. ¿Qué hubo, César? Abrazos, preguntas, recuerdos. Él bebe una aromática; yo un tintico. Jorge me obsequia una preciosa edición facsimilar del Reglamento del Archivo Nacional de los Estados Unidos de Colombia (1869) ¿Por qué los colombianos dirán archivista en vez de archivero como señala esta norma del siglo XIX? El doctor Palacios (¿Usted está un poco más delgado o me parece, Jorge?) y yo acordamos reunirnos dentro de diez días. De la mano amable de María Elvira Zea, guapa profesora de educación inicial y archivista hecha y derecha, paseo por las magníficas instalaciones del AGN (¿cuántas veces lo habré hecho?) y saludo a su gente.
En el camino me encuentro con los restauradores Ángela Barajas y Tarcisio Peñaranda; el laboratorio donde ellos trabajan evoca con justicia a su ilustre antecesora, doña Noemí Aguirre de De Greiff. Paso del bloque norte al del sur, ambos de dos plantas todopoderosas, coronadas por una azotea de vista espectacular. Allí está la inmensa División de Clasificación y Descripción, a la que bien podría denominársele “Delia Palomino Urbano” (Popayán: 1933-1995) para nunca olvidar a la muy querida amiga y colega del antiguo Archivo Nacional, paleógrafa extraordinaria y experta catalogadora. Salgo en busca de Ana Helia Silva Bernal, entusiasta y cordial jefe del Archivo de la Presidencia de la República. Es vecina del AGN: tan sólo al frente, al otro lado de la pista, en el sótano de la Calle 7 n° 6-54. Las medidas de seguridad para ingresar a esa sede administrativa son extremas. Otro tinto y otro recorrido archivístico. Ana Helia tiene una curiosa exposición de esos malditos depredadores de los documentos: clips oxidados de todos los tamaños y con todas las herrumbres. Muestra al enemigo. Con permiso, Ana Helia, Bien puede, César.
De inmediato, tomo un taxi rumbo al barrio Galerías; estoy invitado a almorzar por Alejandro Leal Afanador, mi compañero del curso 1974 de la OEA en Córdoba (Argentina). ¡Alejandro, estás igualito! A la mesa se sientan su segundo hijo, Iván Rodrigo, y Jorge A. Montoya Godoy, dedicado como siempre a la reprografía y al dictado de cursos especializados. Preparan una misión a Cali: saludes a Clementina Bravo y a José Douglas Lasso. El plato fuerte es un exquisito ajiaco. Padre e hijo guitarrean un poco para después conversar Alejandro y yo, con Delia Palomino, alma bendita, metida entre los dos. Fotos, la historia familiar, nuestros profesores (¿cómo está don Aurelio?), nuestros compañeros (¿qué sabes de Urbaín Pérez?), marcan la puesta al día luego de un montón de años sin vernos. Damos unas vueltas hasta la Caracas donde nos separamos con un afectuoso abrazo y con muchas promesas. Estando cerca de su templo, aprovecho para rezar a la milagrosa Virgen de Chiquinquirá pidiéndole la paz para Colombia, cosa que hago en todas las iglesias que visito.
En el hotel hojeo la vistosa y completa guía turística Legis de Bogotá (2000); en las páginas 58 (español) y 182 (inglés) aparece una ajustada reseña del AGN: me toca alegrarme. Por la tarde, en la puerta lateral de la iglesia de San Francisco compro la atractiva guía redactada por el inolvidable fray Alberto Lee López, director del Archivo Nacional cuando quedaba en un ala de la Biblioteca Nacional (Calle 24 n° 5-60). Fray Alberto señala que San Francisco (en la esquina de la Jiménez con la Carrera Séptima) es el templo más antiguo y el más frecuentado de Bogotá, convirtiéndose en un símbolo de la ciudad, situada a 2640 metros más cerca de las estrellas. Como él mismo insistía, su apellido se lee y dice tal como suena en castellano, no li, a la gringa, como hasta ahora muchos pronuncian. Llamo por teléfono a dos distinguidos archiveros: Mariela Álvarez Rodríguez, profesora de la Universidad de La Salle, y a Luis Alberto Angarita Sánchez, cada cual ocupado en sus trajines profesionales.
El miércoles 18, por la mañana, hago un peregrinaje, obligado para mí, a la Quinta de Bolívar y al Museo de Oro, que siempre me asombran pese a que es antigua, casi rutinaria, repetición. ¡Esa increíble balsa muisca! Me alisto para el viaje a la paradisíaca isla de San Andrés, cuyo vuelo de SAM se demora bastante, aunque tarde me lleva a la tierra que el presidente Gustavo Rojas Pinilla se encargó de colombianizar con verdadero patriotismo y, sobre todo, con una acertada visión de futuro. No es grande: 25.7 km cuadrados; North Cliff, su elevación máxima, no pasa de los 55 m; vive del turismo y por ser de origen coralino no hay agua natural (se reúne la de lluvia); se habla español, inglés y creole; es el lugar ideal para descansar y para pasarla rico. Mi habitual jogging matutino termina en un refrescante baño de mar. Tengo tiempo suficiente para escribir y más que suficiente para leer. En el D.C. adquirí la novela El archivero de la estadgunidense Martha Cooley; pronto le haré un comentario: por eso apunto todo lo que me suscatan sus páginas. Pregunto y repregunto por el Archivo, como antes lo hice en Bogotá: nadie me da razón. Voy a la Gobernación del Departamento Archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina, donde soy atendido gentilmente por todos, de capitán a marinero, reflejando la cualidad principal de los sanandresanos: la acogida cordial al foráneo. Una autoridad me explica: Hace tiempo hubo un incendio que destruyó toda la documentación y, por otro lado, lo mejor está en Bogotá. Entonces se me ocurre: Oiga, don Jorge, me permito sugerir a usted establecer el Archivo del Archipiélago para bien de sus habitantes nativos y residentes y para la mayor grandeza del país.
En la playa -en el mar mismo de los siete azules o verdes- me acontecen algunas cosas dignas de pasar a la historia: allí está doña Vita Biojó Guevara, descendiente directa de Domingo Bioho, el primer negro libre de América; también está doña Betty Arenas, la primera corredora de seguros de Bucaramanga y abuela del novio de la hija de Fernando Gaitán, el célebre autor de la telenovela “Yo soy Betty, la fea”; tampoco falta doña Graciela y su marido, don Antonio Díaz, quienes me descubren algunos datos familiares de Jorge Palacios Preciado. Quedo asombrado. ¡El mundo es un pañuelo! Replico de inmediato: Jorge merece una calle en Tibasosa.
El 26 de abril no pierdo la oportunidad de saludar al simpático Cuartel de las Feas y a la pobrecita de Patricia Fernández por el Día de la Secretaria. ¿Alguien ha visto a la doctora Beatriz Pinzón Solano? Bebo un jugo de mora. De la isla regreso al interior. Entiéndase a Bogotá, fundada por el adelantado Gonzalo Jiménez de Quesada el 6 de agosto de 1538. Los nombres antiguos de las calles son reveladores de su pasado religioso y civil: Calle del Rosario, de San Andrés de las Nieves, de San José, de la Soledad, de San Antonio, de San Felipe, de la Catedral, del Oratorio, del Fiscal, del Ciprés, del Olivo, de las Aulas, de la Enseñanza, de la Universidad, del Coliseo, de la Enfermería, de la Botica, de la Portería, del Suspiro, de la Alegría, del Divorcio, de los Plateros, de los Herreros, del Puente de Lesmes. En la Séptima, casi esquina con la Jiménez, hay documentos epigráficos de suma trascendencia: indican el lugar donde cayó asesinado el 9 de abril de 1948 el dirigente liberal Jorge Eliécer Gaitán, hecho que originó El Bogotazo destructor. El 28 de abril (Día del Niño) voy con Jorge Palacios y con su mujer Liduvina Rojas, profesora de Literatura, a la XIV Feria Internacional del Libro. Por si acaso, tengo una invitación VIP. Quedo deslumbrado con los dos stands del AGN: uno de entretenimiento, con estupendos juegos para grandes y chicos, creados y recreados genialmente por Mauricio Tovar, hombre muy cordial; el otro es la nutrida librería, donde atiende Sara González en buena compañía. Me regalan un tinto. Luego, el almuerzo es en el restaurante Brisa Marina: mientras atienden el pedido (una apetitosa cazuela de mariscos para mí), la encantadora Lidu [es tan encantadora que le gustan las tejas de Ica] y Jorge me firman con advertencias el ejemplar de El desbarrancadero del escritor y cineasta ‘paisa’ Fernando Vallejo. La obra, publicada por Alfaguara en marzo del 2001, es una dura descripción de la realidad colombiana. Como está bien escrita, es doblemente dura y contundente. ¡Feroz! Transcribo un párrafo de la página 17 que nos interesa:
Andaba por la selva del Amazonas en plena zona guerrillera con una mochilita al hombro llena de aguardiente y marihuana y sin cédula, ¿se imagina usted? Nadie que exista, en Colombia, anda sin cédula. En Colombia hasta los muertos tienen cédula y votan. Dejar uno allá la cédula en la casa es como dejar el pipí, ¡quién con dos centigramos de cerebro la deja!
- ¿Por qué carajos, Darío, no andás con la cédula, qué te
cuesta?
- No tengo, me la robaron.
- ¡Estúpido!
Dejarse robar uno la cédula en Colombia es peor que
matar a la madre.
En los clasificados del diario El Tiempo leo que se solicita archivadoras [sic] para trabajar en oficinas. Otra palabrita para llamar a nuestras colegas. Por la tarde se produce el encuentro esperado. Al cabo de más de veinte años veo por segunda vez en mi vida a don León Jaime Zapata, pero parece que el tiempo no hubiese pasado. Él y sus dos hijos bibliotecólogos y archivistas, Carlos y Jorge, me llevan al acogedor bar “Chispas” del hotel Tequendama. Una copa, hablamos y hablamos mucho; otra copa, hablamos más. Un tema importante es la gente de Córdoba, cuyos nombres mencionamos uno a uno. Otro: ¿Qué sabes de doña Vicenta? Hace tiempo no viene a Colombia. La cita casi se termina cuando me preguntan ¿Cómo está Celso? Les contesto: En el Cielo. Hay consternación, silencio, pena profunda. Añado: Celso Rodríguez falleció en Nueva York el jueves 28 de octubre de 1999, a las 23.30 horas. Restablecidos del golpe la charla continúa. Don León Jaime inquiere: ¿Qué es de la vida de Francisco Samamé? Dale mis saludes. Un dato del siglo XX: el lunes 6 de octubre de 1980, el mismo día que conocí a Myriam Mejía en el AN, cené en El Zaguán de las Aguas (Calle 19 n° 5-62) con los profesores León Jaime Zapata, Mariela Álvarez y Gloria Inés Echeverri, luego de una charla informal con los alumnos de La Salle, especialidad que ahora cumple su trigésimo aniversario. ¿Habrá fiesta, su merced? La gentil comitiva de los Zapata me deja en el hotel Casa Monserrat, el antiguo hotel Presidente, en la Calle 23, en el cual don Guillermo Durand Flórez y otros archiveros solían alojarse; aún mantiene su caché. Al notar mi cariñosa admiración por Botero, Carlos se desprende de un pocillo con la firma del afamado artista; sin duda, tengo una hermosa pieza de colección del Museo de Antioquia.
Cuando doy una vuelta por la Biblioteca Nacional vienen a mi memoria los nombres del padre Lee, de doña Pilar Moreno de Ángel, de Jorge Palacios, de otros amigos como Delia, Noemí, Alejandro, Jorge Montoya, ¿qué hace Javier Loaiza? ¿qué fue de Ernestina Mozo Fonseca? Me entero con alegría, como todo el país, del merecido segundo puesto del veloz Juan Pablo Montoya en el Grand Prix de Barcelona por el campeonato de automovilismo de la Fórmula 1: es una gran noticia de ese domingo por la tarde.
El 30 de abril es día de cumpleaños: desayuno en el hotel, misa en San Francisco, un tinto en el Oma, a las 11.10 horas llega Jorge Palacios al hotel en brevísima visita, almuerzo en el restaurante Casa Vieja de San Diego. Pero como es lunes de ánimas, antes de degustar el apetitoso ajiaco y el insuperable postre de natas, voy al Cementerio Central: una venia de gratitud ante la tumba de don Virgilio Barco Vargas (1921-1997), el presidente que decidió la construcción del edificio del AGN; en silencio saludo a otros conocidos: Francisco de Paula Santander, Oreste Sindici, Alfonso López Pumarejo, Miguel Antonio Caro, Luis Carlos Galán Sarmiento. Me sorprenden dos cultos emergentes. Primero el de Leo Siegfried Kopp (1858-1927), un hombre rico, sordo, generoso; los fieles se le acercan para “hablarle al oído”. El otro es el del asesinado militante del M-19, Carlos Pizarro Leongómez (1951-1990), a quien le agradecen en pequeñas placas los favores recibidos. ¿Letty sabrá que he estado con su amigo muerto? Al costado del CC queda el nuevo y bello Parque Renacimiento que recibe con una llamativa estatua ecuestre de mi preferido Botero. Compro para don Diego del Río, alumno de Derecho y colaborador del Archivo de la Pontificia Universidad Católica del Perú (Lima), las Normas relativas a la conciliación (ley n° 640, de 5 de enero del 2001); descubro en el artículo 1° la estructura del acta de conciliación, que sirve para su estudio diplomático. Por la tarde, a eso de las 4 y 20, llamo a Myriam Marín Cortés, directora del Archivo Histórico de la Pontificia Universidad Javeriana: hablamos largo y tendido. Unos minutos antes hice lo propio con don León Jaime Zapata, tan bueno y tan solidario.
Se termina el día, finaliza esta nueva estadía en Colombia, donde para mí siempre es muy grato pasar cualquier tiempo, poco o mucho. Hay razón de sobra para que la Capital de la República tenga una Calle de los Amigos y una Calle del Agrado. ¡Gracias, querida Colombia! ¡A la orden, mi amor!
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