| Filosofía de la Comunicación |
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| Publicado el 30 de Octubre de 2006 |
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El acto de comunicación virtual
Jaime de Salas Ortueta
Catedrático de Filosofía. Universidad Complutense de Madrid
Presidente Fundación Xavier de Salas
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En esta ponencia quiero mantener la continuidad –y a la vez la diferenciación- entre el mundo virtual y el mundo real y por tanto entre la comunicación virtual y la comunicación real. Al mismo tiempo quiero volver al tema ya tratado hace años sobre la forma en que la adquisición de identidad es afectada por esta distinción. |
En realidad no creo que se haga la revolución virtual, a costa de la forma de experimentar la realidad que ha caracterizado la modernidad. Ni es concebible un alejamiento completo de la realidad a la que se opone el mundo virtual. Incluso habría que apuntar que la realidad del hombre en la edad moderna se caracteriza por la importancia de la imaginación que entre otros servicios le permite proyectarse hacia el futuro. Así, la era virtual desarrolla algo que ya estaba iniciado y al mismo tiempo encontrara su limite en las necesidades materiales del individuo. Tampoco pienso que se pueda prever la desaparición del individuo en el contexto de la realidad virtual, ni de la posibilidad de una existencia puramente virtual pero sí es cierto que la forma en que este se constituye en el espacio social, va a cambiar hasta el punto de que es previsible que uno de las grandes problemas de sociedades venideras será el proceso de socialización, es decir el proceso por el que logran los individuos constituirse como tales.
Para hacer esto, seguiré el orden de las tres preguntas kantianas que Marcelo Dascal recordó al plantear esta reunión. ¿Qué puedo saber?, ¿Qué debo hacer? Y ¿Qué puedo esperar?. En el transcurso de la ponencia lo más importante para mí, no es tanto unas conclusiones que parecen más bien de sentido común, sino el conjunto de conceptos en los que es necesario acudir para hacer que el acto de comunicación sea inteligible: Sentido, perspectiva, relevancia, inmersión, o definición y que requieren la atención de quienes se aplican a la filosofía.
¿Qué puedo conocer? De una manera sucinta diría que conocemos lo suficiente para que nuestra vida sea posible dentro de un espacio social, pero en ningún caso tanto como para fundar dicho acto en una experiencia inconcusa. De esta forma seguiría el espíritu de la formula de Hume para quien la naturaleza nos ha dotado de la capacidad de conocer de la misma forma que nos prestado otras facultades como respirar, para asegurar nuestra supervivencia pero en ningún caso nos permite demostrar que nuestras representaciones de la realidad son validas o verdaderas. Podemos aplicar a nuestras representaciones varias exigencias como el estar avalada por la experiencia, o delimitada semánticamente de forma precisa, pero en última instancia la discusión sobre cuales son esas condiciones y la razón por la que debemos aceptarlas resulta secundaria frente al carácter social y utilitario del conocimiento que se confirma en el mero hecho de que las vidas de los individuos transcurren sin dificultades. No se trata de unas representaciones que podemos validar para tener la certeza de no caer en el error sino de aquello que hemos de usar para satisfacer nuestras necesidades al incorporarnos a un espacio social. Nuestro conocimiento ciertamente remite a una interpretación de la realidad, una perspectiva de lo otro que puede ser verdadera o falsa, pero su función principal es la convivencia con otros.
Por ello entiendo que hay que revisar la imagen del individuo solitario que se enfrenta sólo, con sus facultades a la naturaleza Esta concepción se debe sustituir con la de un sujeto que a través del lenguaje quiere establecerse en un espacio social, y que soluciona sus problemas en la medida en que logre afianzarse en ese espacio. Más que el trabajo sobre un medio inerte, cuenta la condición de interlocutor en un proceso de intercambio social. Esto no es una novedad de la era virtual pero no cabe duda de que esa condición de interlocutor se ha acentuado con las nuevas formas de comunicación.
De una forma más explícita que Hume insistiría que un concepto tal de conocimiento se tiene que relacionar con el de comunicación. Lo que laxamente llamaríamos nuestro conocimiento, nos ayuda a sobrevivir porque a través de él entendemos las comunicaciones de otros y podemos a nuestra vez comunicarnos con ellos. Nos permite adquirir y sostener una figura dentro de un marco social. Un conjunto de gestos que caracterizan nuestra existencia psíquica tendría contenido cognoscitivo permitiendo la comunicación en los dos sentidos del termino, el que otros se comporten con sentido con respecto a nosotros y que nosotros seamos capaces de hacerlo con respecto a ellos.
¿cuál seria la aportación de la realidad virtual a nuestros actos de conocimiento? Desde siempre la convivencia ha presupuesto un lenguaje común. Pero además ha habido un conjunto de conocimientos que el cuerpo social ha conservado aun cuando no hubiera ninguna persona en concreto que en un momento preciso usara de ellos. La información atesorada en bibliotecas es de esta naturaleza. Lo que la comunicación virtual aporta en primer lugar, es una adición a y una mayor disponibilidad de este conjunto de conocimientos, de información con que el individuo cuenta. Uno no conoce el teléfono del aeropuerto de Barajas. Antes contaba con el listín de teléfonos que incluía esa información. Hoy un medio virtual nos puede proveer de esos conocimientos de una forma más fácil y con ello el radio de nuestra presencia social se dilata de una forma extraordinaria.
En segundo lugar, no sólo se conocerá más sino que se conocerá de otra forma. El mismo espacio social se dilata en la medida en que el individuo no se produce en un marco espacialmente limitado sino que puede trascender las limitaciones geográficas para establecer relación con otras personas. Se realiza en la trama de la incorporación del individuo a un espacio social en la medida en que la socialización esta sujeta a la dialogía, es decir en la medida en que la adquisición de rasgos identificatorios tiene lugar frente a otro. El otro constituye el interlocutor en el proceso de adquisición de identidad. Pero la forma en que se dan las relaciones dialógicas cambia según sea el medio en que tiene lugar. No es lo mismo la convivencia en un medio institucional que tiene un recognoscible perfil físico que las relaciones que se establecen través de la red, por ejemplo, contestando un anuncio. La presencia del otro cambia y con ello la misma noción de espacio social.
Pero aquí tenemos que introducir una distinción muy importante. Podemos distinguir entre el aprendizaje y socialización por información y el aprendizaje y socialización por el ejemplo. En ambos casos se da transmisión de conocimientos pero de manera distinta. En un caso se trata de conocimientos explícitos, mucho más susceptibles de verificación y de uso mientras que en el otro se tiende a conocimientos implícitos. En el último caso, el crédito a la persona y el aura de su personalidad moral tiñen la información aportada, mientas que en el otro, se trata de una información que puedo o no utilizar en el contexto de mi existencia. En la medida en que los procesos de socialización se realizan a través de la información, iremos a una cultura mucho más explícita.
Esta distinción corre paralela a otra que Ortega hizo entre ideas y creencias. Se trata de contrastar los contenidos conscientes de los que somos conscientes y las creencias, es decir convicciones que el sujeto acepta implicitamente como la realidad misma sin llegar a ponerlas en cuestión. En los distintos pasajes de su obra tardía en los que Ortega trata esta distinción, se aprecia la importancia de las creencias en la medida en que el hombre se identifica con ellas y desde ellas tiene lugar en gran medida la aceptación o rechazo de las ideas que conscientemente mantiene. El individuo tiene ideas, pero está en creencias.
De ser acertada esta teoría, la socialización no es puramente la transmisión de ideas, sino la asimilación de creencias, y la cuestión entonces sería si esta asimilación se realiza con la misma eficacia en un espacio virtual que en un espacio físico. En ese sentido, parece que es más potente la socialización por convivencia donde pesan más los modelos éticos y la representación de la realidad en su conjunto que caracteriza a personas concretas que se encuentran en nuestro derredor o la presencia de las instituciones. La información que nos puede prestar un interlocutor en un momento determinado y generación de relaciones personales resulta menos convincente.
Creo que mi generación como muchas anteriores de la edad moderna se caracteriza por haber sido socializado de una forma dual que contaba tanto con el aprendizaje ejemplar como con la transmisión de información. La era virtual introduce la posibilidad de un cambio en la sociedad en la medida en que el ejemplo, y el predicamento que se generan en espacios circunscritos cuente menos y la información cada vez más. Vivimos en una edad de cultura explícita.
Con el paso del aprendizaje por el ejemplo al aprendizaje por transmisión de información se lograra una sociedad más eficaz en la respuesta a muchas de sus necesidades inmediatas pero por lo mismo menos eficaz en los que respecta a la consolidación de una perspectiva individual. Por otra parte, parece que la misma sociedad se adaptara a ese cambio de forma que la inserción del individuo se de en un régimen donde la virtualidad pesara más que a la hora actual, sin que ello ocasione las dificultades que podría suscitar ahora. Los puntos de partida y las expectativas serán distintos.. Se podrá conseguir sucedáneos del padre, madre, consejero o profesor y suplir hasta cierto punto las carencias de relaciones interindividuales que podría caracterizar la sociedad virtual.
Si pasamos de entender el conocimiento como instrumento para la convivencia y pensamos en el conocimiento más científico, nos encontramos que el peso de la dimensión inconsciente que representan las creencias es muy importante. Nosotros podemos conocer nuestros proyectos que son esquemas de acciones futuras, pero difícilmente llegamos a representar los principios que nos llevan a elegir esos proyectos y no otros. Sencillamente sólo podemos decir que nos reconocemos a nosotros mismos en ellos mientras que en otras opciones que están a nuestro alcance nos encontramos alienados. El propio Sartre y Ortega intentaron reconstruir el inconsciente de intelectuales, como Flaubert o Velazquez, conocer sus creencias y hacer una cartografía de su perspectiva pero independientemente de la perspicacia de sus reconstrucciones y de la importancia que estas tienen para el desarrollo de su propio pensamiento, parece que no hay realmente una ciencia para lograr un conocimiento completo del individuo. Más importante que el relativismo es la inconsciencia a la hora.
Antes de continuar analizando esta diferenciación que me parece capital a nuestros efectos, pienso que es oportuno pasar a la siguiente pregunta kantiana, -“que debo hacer”- pues es a partir de esta, que algunos de los problemas que plantea la distinción entre conocimiento explícito o implícito, de información o conocimiento ejemplar se deben plantear.
¿Qué debo hacer? En la sociedad tradicional, en conjunto no se planteaba el problema moral con la acuidad con que se dirime en una sociedad moderna y aún menos en una sociedad donde las tendencias de la modernidad se acentúan por la presencia de medios de comunicación virtual. Tradicionalmente en la sociedad premoderna regida por unas estructuras sociales inamovibles o por la necesidad, lo que prepondera es una especie de inercia. Sin embargo, en esta época, cada vez el individuo se elige a si mismo en lo que respecta a muchos de los rasgos que le caracterizan. El individuo busca justificar su propia existencia ante sí mismo y por ello la descripción que Sartre hizo de el en los años ‘40 del siglo pasado mantiene un gran interés. No es que yo crea en la gratuidad de las decisiones que el hombre toma conscientemente, pero sí en que gran parte de su vida depende de esas decisiones y que no es fácil encontrar para ellas un punto de apoyo adecuado. Y en ese sentido, el problema sartreano está cada vez más presente entre nosotros.
Así la misma pregunta –“qué debo hacer”- implica el reconocimiento de que hay una obligación moral o ética de hacer algo que insta al individuo en un momento determinado. En este punto retomaría la distinción de Habermas entre decisiones morales tomadas racionalmente por los ciudadanos con vista a la justicia del orden político y social y las decisiones éticas que cada individuo remitiendo a su punto de vista particular realiza en la gestión de su vida privada. Mi tesis central es que independientemente de que pueda haber un ámbito de discusión moral dentro de la sociedad, se da en el mundo occidental una muy importante dimensión ética en el comportamiento del sujeto. La justificación de una vida ante uno mismo no parece que se puede agotar en ser un buen ciudadano sino que parece exigir un comportamiento que se ajuste a una posición o programa que uno ha elegido autónomamente a nivel individual entre otras opciones. En virtud de este programa uno adquiere un lugar en el espacio social. Desde el punto de vista de una moral universal, las elecciones de esta naturaleza pueden ser neutrales y por tanto cualquiera tan legitima como las demás, pero de hecho para el sujeto resulta tan vinculante como una norma moral en el sentido más estricto del termino. Puede uno entender que debe tomar ese camino aunque no entiende que haya ejemplaridad en la decisión. No es bastante decir que el imperativo categórico se adapta a las diferencias de perspectiva. Es cierto y se puede mantener que cada individuo tiene por ejemplo que ser coherente con sus compromisos. La cuestión no estaría en la formalidad con que uno se atiene a las posiciones que ha adoptado sino más bien en la materialidad por la que uno se identifica con esa posición y no con otra. Ahí pesa la capacidad del sujeto de incorporarse al juego social. Por ello al preguntarse uno lo que debo hacer no sólo hay que contestar con Kant y Habermas aludiendo a formas del imperativo categórico sino más bien en la gran mayoría de casos, a decisones más éticos que morales que remiten a un sujeto que no sólo tiene razón y voluntad sino que se identifica con una perspectiva. Y creo que es dentro de esta como trataré de exponer donde se plantea la verdadera motivación de la existencia al que por otra parte, remite al proceso de socialización.
Por ello, me parece importante contar con la noción de perspectiva. Por tal no entiendo sin más el conjunto de experiencias que sobrevienen a un sujeto, lo que llamaría en todo caso perspectiva primaria, sino aquello que la memoria retiene de dichas experiencias dando pie a una personalidad con hábitos, proyectos, interpretaciones culturales y en definitiva puntos de vista propios. Este fruto de una memoria selectiva lo llamaría perspectiva consolidada. Las diferencias antes mencionadas entre ideas y creencias, entre información y ejemplo se puede proyectar aquí. Si de lo que se trata no es de retener un mensaje sino de la constitución de una perspectiva consolidada que debe realizarse a través del trato social ¿Cuál es el medio más eficaz para lograrlo? Sin duda alguna. La ubicación en un lugar físico permite mejorar la sedimentación de una perspectiva mientras que la fugacidad de las relaciones en la red puede impedirla.
Se puede dar un paso más y pasar a una experiencia propiamente virtual, es decir que el entorno del sujeto sea producto de un programa virtual. Es cierto que se puede dar una inmersión del individuo en un mundo virtual, de forma que los actos de este susciten una respuesta en el medio. Pero hay una diferencia entre una simulación y una perspectiva consolidada. Por medios virtuales podemos simular una situación y encontrar para cada uno de nuestros actos una interactividad de tal forma que nos encontramos realmente inmersos en un mundo virtual. Pero esa inmersión sería efectiva en la medida en que diera pie a una perspectiva consolidada lo cual normalmente el juego o la situación no llega a permitir.
Repárese, que la noción de sentido implica no sólo un contexto individual y la trama que caracteriza la vida individual sino además un contexto social por la que la perspectiva y los datos identificatorios que vamos adquiriendo, resultan funcionales. Tan es así que autores como Walzer han subrayado la prioridad de las prácticas sociales a la nuda enunciación de normas morales. Es en el intercambio social donde surge el sentido como algo que tiene –virtualmente- un valor intersubjetivo, es decir algo que se puede contar. La atención a la perspectiva no debe conducir a una visión monadólogica de la realidad. La misma perspectiva no sería viable sino permitiese al sujeto adaptarse a la realidad.
Cuando uno contrasta la perspectiva concreta con los sistemas de acontecimientos que se pueden establecer virtualmente resulta visible una diferencia fundamental. Se puede reducir la vida a un texto y en cualquier momento de este se pueden establecer un conjunto infinito de variaciones y conclusiones alternativos. Todas estas alternativas cumplen unos requisitos gramaticales y pueden ofrecerse a uno como posibilidades reales. El sujeto se queda como el Dios leibniziano que domina las distintas series de posibles. Sin embargo la perspectiva implica que no veamos esas variaciones de manera indiferente. Hay un principio de la relevancia que me permite graduar y valorar las distintas posibilidades que se abren ante mí en el futuro desde mi propia perspectiva en la medida en que uno se encuentre más o menos identificado con su propio mundo y que su perspectiva sirva incorporarle al mismo. No es éste indiferente a los desarrollos del mismo sino que se identificará más con unos que con otros. En ese sentido, como el Dios leibniziano el sujeto no puede ser indiferente a hacer cualquier cosa sino que cuenta con una orientación al bien. Nos podemos identificar con los sucesos de una vida como algo que nos pasa a nosotros e incluso en alguna medida nosotros hacemos. La noción de sentido, implica que se da una trama abierta aunque está no esta predeterminada. Pero el sujeto se reconoce a sí mismo frente a su propio mundo por más que éste esté implicado en todo el desarrollo de aquel.
Se puede tratar de precisar mejor lo que se entiende por el principio de relevancia. Ante cualquier dato sensible o información recibida, el sujeto no se limita a constatarla sino que la acepta por su relevancia o lo rechaza por irrelevante. En este sentido, el sujeto se incorpora a sus experiencias aportando un contexto que permite realizar esa recepción. El termino “incorporar” es oportuno pues apunta a que la experiencia no es sino la constatación de un dato externo, haciéndose presente como si fuera un todo. Se trata de un conjunto que hace cuerpo con el propio dato como sugiere el mismo termino “incorporar” y que le da mayor sentido a la vez de que es afectado por él. La experiencia altera a la perspectiva y a la vez aporta a la experiencia una interpretación que da pie a todo un conjunto de actos que pueden culminar en la acción: curiosidad, gusto, interés, proyecto y finalmente acción.
Desde este punto de vista, hay que incluir en la perspectiva tres niveles interconectados:
1.- las posesiones materiales y funciones sociales externas.
2.- los recuerdos, proyectos, y conocimientos adquiridos a los que tengo acceso inmediato.
3.- Los hábitos y orientaciones axiológicas que en gran medida son inconscientes.
Con ello lo relevante permite que la perspectiva se afirme y se desarrolle, en última instancia, que se defina. Nuestra acción no es una pura reacción ante estímulos sino una expresión de nuestra perspectiva. Es la perspectiva la instancia que me dice lo que en cada momento he de hacer.
Puede resultar problemático que se pueda reducir la experiencia ética con su carácter vinculante, a la perspectiva. Lo propio de la experiencia moral es justamente su universalidad y en ese sentido parece que trasciende cualquier limitación particular. En todo caso, se podría argüir la universalidad de la experiencia moral y ética tiene que desarrollarse dentro de una perspectiva sin olvidar su carácter universal. En la perspectiva individual se dan autenticas combates entre creencias que tienen en la práctica implicaciones distintas. Una ley como “no matarás” en distintos contextos encontrara distintas aplicaciones. Habría que compaginarlo con otros principios empezando por la propia seguridad. Estos contextos llegan a ser individuales en una situación cultural donde las fronteras entre culturas son muy difíciles de establecer. Por ello hay que buscar parte del origen de la experiencia moral en el contexto, es decir en la perspectiva.
Así, nos podemos preguntar, por ejemplo: ¿Quién es el español por antonomasia? Habría que decir que las identidades regionales remiten a identidades locales y estas a otras aún más particulares, y al mismo tiempo aumentan y aumentarán los casos de perspectivas que remiten a distintas culturas. Parece por ello que al final lo que existe son individuos que toman sus referencias culturales de una diversidad de fuentes y de experiencias y se mantienen en la medida en que una perspectiva se consolida y se constituye a través del tiempo. Más que representar una cultura, el individuo representa muchas culturas que encuentran en él, una de las muchas versiones posibles.
Por más que las fuentes de una perspectiva son variadas, la función de esta, la de permitir a un individuo ocupar un espacio social, son claras y por ello no cabe que la constitución de una perspectiva sea gratuita y se deba al azar o a la mera imaginación. En términos generales, un individuo tiene que saber lo suficiente para sobrevivir y por ello su perspectiva ha de ser funcional. Además hay pies forzados de tipo biológico y caracterologico además de culturales . Si empleamos el termino construir, para denominar nuestra perspectiva, debamos reconocer que tal termino se emplea sin completa propiedad. Tomamos decisiones que determinan nuestra subsiguiente forma de ver las cosas, pero tales decisiones remiten a un sin fin de causas que muchas veces escapan incluso el alcance de nuestra conciencia.
La respuesta que aventuraríamos a la pregunta “que debo hacer” es que en la medida en que la importancia del mundo virtual aumentara, la consolidación de la perspectiva sería más difícil. Las relaciones importantes a estos efectos son las relaciones institucionales donde el conocimiento del otro, permite y exige el desarrollo de uno mismo. Al mismo tiempo, la soledad del internauta buscando hacerse cargo de la realidad es un símbolo de la mónada leibniziana buscando recrear el mundo entero. Independientemente de que esto pueda ocurrir, lo que parece claro es la realidad de la perspectiva. Paradójicamente es la pobreza de nuestra cultura tradicional lo que ha permitido la consolidación de la perspectiva individual, el que cada actor social supiera quien era él. La limitación ha estado en la voluntad del otro y la rigidez de unas estructuras. En cambio, ahora la limitación se encuentra en la dificultad de lograr un conocimiento completo del universo. Se trata de un límite que se encuentra en la propia inteligencia y no en las relaciones con el otro que nos trasciende con su independencia de voluntad. En un mundo virtual, la inundación de información puede impedir que se fije la perspectiva ni que esta llegue a servir de cauce para las necesidades materiales a las que ha de servir.
La tercera pregunta es “¿Qué podemos esperar?” Pensamos que la era virtual incidirá en la paradoja de la constitución de la individualidad que ha estado presente desde la revolución industrial. Por una parte, es consustancial a nuestra cultura la constitución de individuos. Pero por otra parte, hay una tensión en la medida en que tal constitución es onerosa, sobre todo cuando se deja el de una sociedad cerrada donde las instituciones, empezando por la familia, tienen un papel importante en la constitución de la individualidad, a favor de una sociedad abierta. La misma sociedad dificulta el cumplimiento de sus propios ideales. Ciertamente lo que se puede esperar es que se conserve lo que es característico de la situación actual, a saber la posibilidad de realizar la vida de uno desde dentro y al mismo tiempo que esa actividad se de dentro de un espacio social. Nuestro sentido de la realidad viene de que algo tan intimo como mis decisiones de paso a acontecimientos en un espacio social compartido con otros.
ADDENDA
1.- La noción de explicitud.- Esta noción que entiendo que es central en mi pensamiento, está mal definida. Por lo pronto, explicitud significa presente a la conciencia. El primer problema es que uno es consciente a varios niveles que van de la definición de un teorema hasta la visión subliminal que se puede tener de un objeto o de su ausencia. En ese sentido hay grados de visión a las que corresponden diferentes formas linguisticas.
Una cultura no explícita es una cultura donde en lugar de apelar a un orden social a la hora del razonamiento y de la justificación, se mantiene que las cosas son de acuerdo con un orden establecido, e incluso ni siquiera se llega a hacer el razonamiento. Se percibe que eso es de tal forma. Hay una cierta inercia cultural. Creo que además la explicitud tiene macromanifestaciones, es decir que se revela en una forma de racionalismo que permite pensar que la razón puede solucionarlo todo. Para mí la cultura de Estados Unidos en muchas de sus manifiestaciones, tipicamente, es una cultura más explícita que la europea. Creo que en la medida en que una sociedad entiende que se rige de acuerdo con su constitución por ejemplo, y que esta entraña valores liberales, hay una racionalización de la vida pública. La explicitud de la cultura se traduce en un comportamiento deliberativo a la hora de establecer la política.
Podemos reservar el término sentido para todo aquello que se encuentra organizado en nuestra perspectiva y decir que hay una gradación entre lo que esta presente inconsciente pero efectavamente y lo que podemos definir de una forma plena. Pero si pensamos no tanto en las representaciones sino en la perspectiva que las contiene en su conjunto nos encontraremos con que habrá perspectivas más o menos explícitas en la medida en que es más importante y más relevante los contenidos explícitos que los implícitos. De hecho, uno piensa que el vocabulario del hombre moderno implica que se desarrolla al mismo tiempo lo inconsciente y lo consciente. Incluso hay una relación difícil de precisar entre las ideas y las creencias. Las creencias se pueden entender como supuestos de las ideas, condiciones que positiva o negativamente tienen que darse. Si se trata de una presencia negativa, se trataría de condiciones pero en el caso una presencia negativa, las ideas remiten a un contexto de creencias que forman cuerpo con ellas. La perspectiva se puede entender en este contexto como la definición particular de una o varias culturas en la medida en que permite al sujeto un comportamiento que tiene sentido, justamente por esa confluencia de ideas y creencias.
Uno de los grandes escollos al que ha de hacer frente esta tarea de descripción es justamente el carácter performativo y disposicional de las creencias. En realidad, la descripción de la perspectiva supone que es algo hecho, cuando en una parte importante se compone de disposiciones.
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