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| Sociedad del Conocimiento |
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| Publicado el 30 de Octubre de 2006 |
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La construcción de la Ciudad Digital
Helios Prieto Campà
Director de la Fundación Ciutat de Viladecans
Premio SI Local de la Generalitat de Catalunya años 1999 y 2001.
Publicaciones recientes: La construcción de la Ciudad Digital ed. Hacer 2005 y Antagonismos entre la vida laboral y la vida personal ed. Hacer 2006.
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Nuestra lengua es reservorio de significados acumulados por la sabiduría de las generaciones de hablantes que nos han precedido. En las lenguas romances conocer viene del latín conōscĕre, mientras que informar aparece en los siglos XVI y XVII en el sentido de “dar forma”, “formar en el ánimo” y “describir” tomado de la antigua “forma” que proviene del latín fōrma, que tenía el significado de “figura, imagen, configuración”, “hermosura” pero que en el siglo XV derivó a informe e informar. |
Por su parte saber, de uso general en todas las épocas tiene su origen en el latín sapĕre “tener tal o cual sabor”, “ejercer el sentido del gusto, tener gusto” que ya en el latín antiguo se empleaba figuradamente en el sentido de “tener juicio”, “entender en algo”. Así que vale la pena tener en cuenta que los significados de “sabiduría” remiten a una concepción más amplia que la de los meros saberes científicos y técnicos.
Entre las acepciones castellanas de “Información” señalemos: “1. Comunicación o adquisición de conocimientos que permiten ampliar o precisar los que se poseen sobre una materia determinada y 2. Conocimientos así comunicados o adquiridos”. Una “sociedad de la información” sería entonces aquella en la que tiene importancia decisiva la “información”, es decir, la transmisión – y, en todo caso, el almacenamiento – de conocimiento. La “sociedad del conocimiento” pone el foco de atención en el proceso de generación de conocimiento, pero deja en un plano secundario la facultad de hacer algo con el conocimiento, o poseer el arte y la práctica de una ciencia. Y lo que a nuestro juicio es más grave, ignora la dimensión ética y de vida buena de la sabiduría. Por éste motivo, quizás el término más adecuado sería el de “sociedad del saber” o de “los saberes”.
A veces se ha dirigido a los informáticos el reproche de una vulgarización poco rigurosa de éstos conceptos en el debate actual sobre el carácter de las sociedades “postindustriales”, “postcapitalistas”, “de la información” o “del conocimiento”. Aunque es verdad que en la abundante literatura producida por los informáticos sobre este tema se advierte un cierto desconocimiento del saber acumulado por la tradición filosófica, no es justo dirigirles el reproche únicamente a ellos. El término “sociedad de la información” se uso por vez primera en 1973 en el libro del sociólogo Daniel Bell “El advenimiento de la sociedad post-industrial”, y ni en ese libro, ni en los muchos que lo siguieron en los que sociólogos, economistas, teóricos del management, informáticos, etc. usaron el término, se advierte mayor rigor epistémico en su definición. Quizás todo esto se deba a la inveterada tendencia de las ciencias desgajadas de la filosofía a tratar a ésta como a “perro muerto”. Tendencia que tiene el inconveniente de ignorar avances conceptuales logrados a través del desarrollo de toda la historia universal y, por tanto, nos hace retroceder continuamente a la confusión de los tiempos primigenios donde en “la oscuridad de la noche todos los gatos son pardos”. En nuestro libro “La construcción de la Ciudad Digital” intentamos echar algo de luz sobre esa penumbra.
El resultado más importante de la denominada “sociedad de la información” o “del conocimiento” es el crecimiento exponencial de la creación de nuevos conocimientos que se doblan cada 15 años. El noventa por ciento de los científicos que ha habido en la historia de la humanidad están vivos. El número de revistas científicas, como el de especialidades se dobla también cada quince años. En muchas ramas de la ciencia un par de lustros, a veces uno solo, es suficiente para dejar obsoleta una formación inicial. Durante la década final del siglo XX se adquirió más conocimiento que en toda la historia previa de la humanidad. Son hechos que muestran un salto cualitativo indiscutible.
Los tiempos de difusión de las nuevas tecnologías se acortan. El teléfono necesitó más de medio siglo desde su invención hasta su aplicación; la radio solo 35 años; el radar poco más de 15; la televisión poco más de 10; el transistor 5 años. El tiempo que media entre la producción de un conocimiento básico y su difusión es cada vez menor, de modo que la relación entre la investigación básica y la aplicada se ha hecho más estrecha, mientras que la aplicación de los nuevos desarrollos a la producción, la innovación, se acelera. La rapidísima difusión del teléfono móvil y de Internet – en sólo cuatro años, de enero del 95 a enero del 99, se pasó de cinco millones de Host Counts a 45 millones - es una muestra más de una pauta generalizada: la producción y asimilación de nuevas tecnologías está ya asumida por el conjunto de la sociedad. La “sociedad de la información” tal como se ha desarrollado hasta ahora ha provocado el incremento exponencial de la información en la segunda mitad del siglo XX, el aumento del número de trabajadores que se dedican a procesarla y el desarrollo, también exponencial, de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación.
La sociedad global en la que crecen las sociedades del conocimiento está formada por una red de flujos de capitales, personas, mercancías, energía e información que cubre casi todo el planeta. Las ciudades ya se han constituido hace mucho tiempo como los nodos que atraen, reproducen y distribuyen esos flujos. Esos nodos están soportados por una red de medios de transporte de personas y mercancías, de energía e información y contienen en su interior las infraestructuras materiales que posibilitan la reproducción del capital, de la fuerza humana de trabajo y de la información. Esas redes constituyen el sistema nervioso y sanguíneo de la sociedad global, las comunidades locales que habitan las ciudades son su cerebro y su corazón. Los espacios naturales que separan las ciudades, cuyas riquezas son explotadas por las industrias del sector primario, proporcionan la energía que alimenta el metabolismo social.
La sociedad industrial produjo espacios urbanos divididos y compartimentados por funciones. Esta división tendió a desplazar hacia la periferia a los polígonos industriales y a la mayor parte de las actividades contaminantes. La renta diferencial del suelo determinó la división interna de la ciudad y de ésta con su periferia en espacios segregados para las distintas clases sociales y sectores de clase. El desarrollo económico provocaba problemas medioambientales que eran – y aún lo son en las comunidades económicamente menos desarrolladas – sobrellevados con resignación por una amplia mayoría de la población que otorgaba – y aún otorga en aquellas comunidades – prioridad al empleo industrial sobre la calidad de vida. Esta es la herencia de la sociedad industrial que debe superar la Sociedad del Conocimiento, porque a diferencia de lo que sucedía en aquella, en ésta la calidad de vida y la sostenibilidad medioambiental son una condición necesaria para el desarrollo económico.
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