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| Formación |
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| Publicado el 7 de Diciembre de 2006 |
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El aprendizaje permanente
José Enebral Fernández
Consultor de Nanfor Ibérica
Conferenciante de Káleidom ISB
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Formación para el empleo, e igualmente en el empleo: el aprendizaje ha de formar parte de nuestra actividad a lo largo de la vida laboral. Hoy, en esta Sociedad de la Información — y también de la Formación — el aprendizaje permanente, a lo largo y ancho de nuestra vida laboral, constituye, como sabemos, una exigencia inexcusable; pero al hablar de formación continua, solemos pensar en la asistencia a algún curso durante el año, quizá cuando resulte más fácil de compatibilizar con la actividad profesional, y tal vez formando parte aquél de alguna oferta específica singularmente asequible o bonificada. Aquí reflexiono sobre el hecho de que esto se está mostrando insuficiente. |
Como especie de álter ego del concepto de Sociedad de la Información, la emergente economía del conocimiento y la innovación exige, en efecto, que el aprendizaje forme parte integrante de la actividad profesional de todos nosotros; no se refiere sólo a la asistencia periódica a acciones orquestadas: supone algo más y también una actitud. El afán de aprender ha de formar parte de nuestro perfil profesional y ha de materializarse de forma cotidiana, por ejemplo, en la observación activa de lo que sucede en nuestro entorno, o en la búsqueda periódica de información relevante y enriquecedora sobre los avances en nuestra área. El ser humano, que a menudo se muestra visiblemente emprendedor, es, sobre todo y por su naturaleza, aprendedor: el progreso lo evidencia; pero en nuestra sociedad actual, hemos de hacer del aprendizaje un hábito consciente, dotarlo de propósito, y nutrir así nuestra competitividad individual.
No hace falta decirlo: trabajadores manuales de la construcción, los talleres o las fábricas, como asimismo peluqueras y peluqueros, cocineras y cocineros, técnicos de laboratorio, enfermeras y enfermeros, fisioterapeutas, personal de mantenimiento, etc., por no hablar igualmente de dentistas o cirujanos, no dejan por ello de ser trabajadores del saber, y están obligados, en mayor o menor medida, al aprendizaje continuo. Al hablar de “trabajadores del conocimiento” no estamos separando a unos trabajadores de otros, sino subrayando la necesidad de todos, o casi todos, de seguir aprendiendo durante el desempeño profesional.
Habríamos de desplegar mejor el concepto de aprendizaje permanente: debemos adquirir nuevos conocimientos, pero también nuevas habilidades, actitudes, fortalezas y hábitos. La verdad es que todos deberíamos aprender a vivir y convivir mejor, aunque se pensará que esto se sale del ámbito de la formación continua que conocemos; asimismo deberíamos aprender a aprender, y esto antes de empezar a trabajar; pero, desde luego y como parte nuclear de la formación continua, deberíamos desarrollar y cultivar nuestras facultades y fortalezas, y mejorar nuestras actitudes y conductas. A ello debemos también enfocarnos, sin menoscabo de incuestionables materias, como la prevención de riesgos laborales, la destreza informática, la contabilidad u otros contenidos técnicos más usuales.
A todos, trabajadores y directivos, nos puede estar faltando, por ejemplo, autoconocimiento, objetividad, autodisciplina, empatía, creatividad, destreza en el acceso y manejo de la información, confianza en nosotros mismos, rigor conceptual, intuición, efectividad en la conversación y la comunicación, compromiso, proactividad, capacidad de análisis y síntesis, manejo de problemas y conflictos, resistencia a la adversidad, etc., y ahora tenemos información a nuestro alrededor (libros, revistas, programas divulgativos, Internet…) que puede sensibilizarnos al respecto, y hasta ayudarnos a dar los primeros pasos de progreso. Luego, ya convencidos de la necesidad, quizá un programa de formación y desarrollo profesional puede conducirnos a la mejora integral deseada. En suma, hay muchos — estos y otros — aspectos en que debe avanzar el aprendizaje permanente, y los poderes públicos han de atender igualmente a esta exigencia, en busca de las cotas de productividad y competitividad deseadas.
El lector tendrá sus propias reflexiones, pero yo destacaría la necesidad del pensamiento crítico en el perfil de todos nosotros: algo a cultivar en esta Sociedad de la Información. Deberíamos desarrollar y cultivar nuestro pensamiento crítico — cosa distinta de la criticidad — para cuestionar la información antes de traducirla a conocimiento aplicable; para contrastarla y asegurarnos de su rigor, intención, significado, fundamento y aplicación; para establecer las idóneas conexiones, inferencias y abstracciones. Si para actuar bien hemos de pensar bien, el pensamiento crítico viene a ser un pensamiento de calidad, esmerado, riguroso, profundo, imprescindible en nuestro aprendizaje y desarrollo permanente.
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