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| Formación online |
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| Publicado el 19 de Diciembre de 2007 |
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Una información más eficaz
José Enebral Fernández
Consultor de Nanfor Ibérica
Conferenciante de Káleidom ISB
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He leído que Redtel, la Asociación de Operadores de Telecomunicaciones, nace, según su presidente, el financiero Miguel Canalejo, con la intención de situar España a la cabeza de la Sociedad de la Información; pero temo que quizá se refiere, sobre todo, a la Sociedad de la Comunicación, o de la Telecomunicación. En realidad y apuntando a la economía emergente, lo que caracteriza a ésta es el conocimiento y la innovación, y, en suma, surgen aquí varias etiquetas (información, conocimiento, comunicación, innovación…) que no deberíamos confundir ni fundir. |
Habrá quien piense que éste (situar España a la cabeza de la Sociedad de la Información) puede ser un objetivo muy ambicioso —incluso para el Gobierno—, y que los empresarios se suelen asociar para defender sus negocios e intereses; lo cierto es que algo se ha de hacer para avanzar en productividad y competitividad, y sin duda se precisa una sinergia de esfuerzos. En verdad, España debe estar entre los países más avanzados en tecnologías de la información y la comunicación, pero también depende todo de cómo interpretemos la idea de Sociedad de la Información, porque quizá la interpretamos a menudo como “Sociedad de la Informática y la Telecomunicación”.
Creo que fue el 13 de abril de 1999 —hace casi nueve años— cuando fui invitado a un Simposio bajo el lema de “La Sociedad de la Información para todos”, y, aunque hubo algún ponente que, sin entrar demasiado en la evolución de la economía, dijo que habíamos pasado de la “sociedad de consumo” a la “sociedad de consumo de información”, en general el protagonismo de la jornada recayó sobre el acceso a Internet y las redes de comunicación. El propio Miguel Canalejo, presidente entonces de Alcatel España, intervino en una de las mesas redondas. Creo sin embargo que, de aquel día, lo que más me gustó fue la intervención final de José Antonio Marina, que vino a recordarnos que la información reside en soportes y el conocimiento en las personas, una vez que éstas otorgan el debido significado a los significantes.
Más recientemente, en mayo de 2005, asistí a otro evento convocado desde el ámbito político, bajo el buzzword “Sociedad de la Información”. La jornada se denominaba “El desarrollo de la Sociedad de la Información y del Conocimiento: una apuesta de progreso para la Unión Europea”. Me pareció, en efecto, que la información no era ya principalmente vista como algo a consumir, sino como materia prima fundamental en la economía del conocimiento; como materia prima de la que extraemos el ansiado saber, para convenientemente aplicarlo en beneficio de la productividad y la competitividad.
La Informática y la Telecomunicación resultan inexcusables, pero al conocimiento valioso y aplicable se llega desde una información rigurosa e idónea a la que podamos acceder con facilidad. Es cierto que manejamos mucha información en las empresas; es mucha, pero quizá no es siempre suficiente, ni es suficientemente rigurosa y sencilla de traducir a conocimiento valioso y aplicable. Podemos estar haciendo falsos aprendizajes, y quizá equivocándonos en las decisiones, porque la información no esté alcanzando la debida calidad. Podemos disponer de buenas redes y buenos soportes, pero, en algún caso, de información deficiente.
Les comentaré una experiencia propia, aunque meramente anecdótica. Compré en unos grandes almacenes un humidificador de agua fría y comenté a la señorita que me atendió que no había tenido nunca uno (había utilizado los de agua caliente). “No se preocupe: viene una hoja de instrucciones”, me dijo. Pues créanme que, aun siendo ingeniero, fui incapaz de seguir las instrucciones de la hoja y acabé funcionando por intuición o conjetura… Algo parecido me solía pasar al intentar sintonizar televisores, pero tal vez el lector haya tenido experiencias similares.
Por otra parte, tampoco la información que manejamos en las empresas tiene siempre el significado que aparenta, ni podemos creernos todo lo que leemos en los medios impresos o electrónicos. Es verdad que cada uno de nosotros percibe las realidades a su manera, en función de sus creencias, sentimientos, inquietudes y deseos; pero es que también podemos vernos ante información incompleta, confusa, manipulada o inexacta. Así, si sumamos la posible falta de calidad en la información con la tendencia del cerebro (por sus muchos “filtros”) a engañarnos, el resultado puede ser muy poco fiable.
Obsérvese que, admitida la necesidad del aprendizaje permanente en la vida profesional, las universidades han venido desarrollando la idea de la alfabetización informacional (“alfin”), de modo que los alumnos aprendan a manejarse bien con la información: acceso, consulta, aprendizaje, integración y aplicación. Ya en el mundo empresarial, habría de hablarse de destreza —y aun excelencia— informacional: una buena gestión de la información y del conocimiento resulta inexcusable en las empresas del saber.
Se ha puesto mucho énfasis en la alfabetización digital y quizá se ha de seguir poniendo, pero la empresa del saber ha de ser también excelente (excelencia informacional) en la generación de conocimiento y en la introducción de novedades valiosas en procesos, productos y servicios. Para la generación de conocimiento sólido, el individuo ha de desplegar su pensamiento crítico ante la información disponible…; pero quizá confundimos a veces el pensamiento crítico con la criticidad compulsiva o el escepticismo.
En un libro reciente, Eduardo Punset nos dice: “Probablemente, el gran salto evolutivo entre los homínidos se produjo el día en que uno de aquellos seres fue capaz de intuir lo que estaba cavilando otro miembro de su grupo. Saber lo que estaba pensando su interlocutor le permitió ayudarlo… o manipularlo. Esta tendencia a convencer a los demás de nuestras propias opiniones o a intentar manipular a los demás parece no haberse interrumpido desde entonces”. Punset destaca por ello la necesidad del pensamiento crítico, es decir, del pensamiento reflexivo y penetrante, esmerado e indagador, riguroso e independiente, que busca la verdad.
En efecto, ante posibles deficiencias en la información a que accedemos, y para asegurar la solidez del aprendizaje, hemos de activar nuestro pensamiento crítico. Además, para obtener máximo aprovechamiento del conocimiento sólido adquirido, hemos de desplegar también las conexiones, analogías, inferencias y abstracciones que, bien orientadas, catalizan la deseable innovación en procesos, productos y servicios.
Como álter ego de la Sociedad de la Información, la denominada “economía del conocimiento y la innovación” demanda profesionales que sean aprendedores permanentes y que, con su competitividad individual, contribuyan a la colectiva. Hemos de desarrollar todas nuestras facultades y fortalezas de seres humanos, pero aquí he querido subrayar la necesidad de convertir en conocimiento valioso y aplicable la información disponible.
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