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| Profesionales de la Información |
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| Publicado el 15 de Septiembre de 2006 |
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El trabajador del Conocimiento
José Enebral Fernández
Consultor de Nanfor Ibérica Conferenciante de Káleidom ISB
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Acéptenme la relación: la Sociedad de la Información es al ciudadano, lo que la Economía del Conocimiento al trabajador. En la empresa, la información, cuando no una herramienta inexcusable, constituye una materia prima esencial. Debemos estar continuamente traduciéndola a conocimiento aplicable, y también hemos de generarla a menudo. |
Debemos a Peter Drucker un completo dibujo del nuevo trabajador del conocimiento, capaz de aprovechar las herramientas y ventajas de la Sociedad de la Información para el aprendizaje permanente, y para el consiguiente progreso técnico y científico, y bienestar social. En mayor o menor medida, casi todos los ciudadanos adultos somos ya trabajadores del conocimiento, aunque, para algunos, las exigencias profesionales alcanzan a la creación de nuevo saber y la innovación.
Los estudiantes llegan ya al mundo laboral sabiendo que han de seguir aprendiendo durante toda su vida, y que han de contribuir a la generación de nuevos conocimientos, en beneficio de la competitividad y prosperidad de sus organizaciones. Quizá podría hablarse no sólo de knowledge workers, sino también de learning workers, o de lifelong learners; pero recordemos siete rasgos cardinales del perfil a que nos referimos:
- Posee un visible grado de desarrollo personal y profesional.
- Maneja con soltura las TIC.
- Ha alcanzado suficiente destreza informacional.
- Sabe qué debe aprender, tanto en conocimiento como en habilidades y fortalezas.
- Goza de sensible autonomía en su trabajo.
- Persigue la mejora continua y la innovación.
- Es leal a su profesión, y no sólo a su empresa.
Refiriéndonos a la destreza informacional, puede decirse que muchos de nosotros somos procesadores humanos de información: consultamos muchos papeles y generamos más. Aprendemos continuamente y contribuimos, mediante la innovación, a extender las fronteras de nuestro campo del saber. Lo que hacemos está lleno de conocimiento: el que hemos adquirido, el que seguimos adquiriendo y aun el que nosotros mismos hemos generado. A menudo, el tratamiento de la mucha información que se nos ofrece consta de los siguientes pasos:
Definición del patrón de búsqueda.
Identificación de las fuentes.
Acceso a las mismas (humanas, impresas o electrónicas).
Localización de información útil.
Descubrimientos paralelos.
Examen de la información.
Interpretación y evaluación de la misma.
Contraste de informaciones.
Integración y aprendizaje.
Establecimiento de conexiones.
Posibles inferencias y abstracciones.
Síntesis y conclusiones.
Aplicación y difusión.
En efecto, los directivos y trabajadores del conocimiento, antes de actuar —realizar un estudio, definir un proyecto, preparar una oferta, diseñar un proceso o producto, organizar una actividad, elaborar un plan, solucionar un problema, etc.— nos informamos, aprendemos, reflexionamos, y aplicamos finalmente lo aprendido, y lo difundimos. Cada nuevo saber ha de encajar en el acervo existente y contribuir a resultados.
Realizar satisfactoriamente estas subtareas resulta tan trascendente que no podemos eludir un análisis de competencias necesarias. Necesitamos competencias operacionales (conocimiento del campo, estrategia de búsqueda e indagación, manejo de herramientas, capacidad de comprensión y síntesis, cuestionamiento y evaluación de la información, materialización del aprendizaje…), pero también competencias de carácter personal (autoconocimiento, afán de aprender, flexibilidad, concentración, tenacidad, pensamiento crítico…). Éstas serían sólo algunas de las competencias informacionales de tipo “pull”, es decir, las que ponemos en marcha para aprender; habría que sumar otras de tipo “push”, para alcanzar la necesaria efectividad al generar información para los demás.
En esta breve síntesis, también podemos detenernos en la disposición de este trabajador, el new knowledge worker, a la mejora y la innovación. Todo lo nuevo se construye sobre lo ya existente y, siendo este trabajador experto en su campo, puede ampliar las fronteras sin riesgo de reinventar la rueda. El trabajador de la economía emergente ha de ser, en efecto, creativo, y aquí vale recordar lo que decía Mitchell Ditkoff del comportamiento de los trabajadores más creativos:
·Suelen cuestionar el statu quo.
·Investigan nuevas posibilidades.
·Se automotivan.
·Se preocupan por el futuro.
·Ven posibilidades en lo imposible.
·Asumen riesgos.
·Tienden al movimiento y la interacción.
·No temen parecer tontos o infantiles.
·Ven conexiones ocultas.
·Se concentran en retos y problemas.
·Se muestran perspicaces.
·Resisten la ambigüedad y la paradoja.
·Aprenden continuamente.
·Concilian la intuición y el análisis.
·Se comunican de forma efectiva.
·No se desalientan fácilmente.
Hay individuos creativos por naturaleza, como los hay pragmáticos, resolutivos, conciliadores, calculadores…; su personalidad es muy característica. Un estudio de Mihaly Csikszentmihalyi viene a concluir que los creativos son individuos de personalidad compleja, presentando opuestos rasgos de personalidad en diferentes momentos. Este prestigioso psicólogo americano, de origen húngaro y residente en California, habla de los creativos como individuos a la vez, y según el caso, agudos e ingenuos, extravertidos e introvertidos, humildes y orgullosos, agresivos y protectores, realistas y fantasiosos, rebeldes y conservadores, enérgicos y pausados, integrados y diferenciados... Son personas que en sus reflexiones cotidianas no sólo se preguntan el qué y el cómo: también se preguntan por qué, incluso varias veces.
Cabe destacar asimismo la lealtad que estos trabajadores expertos —de perfil consolidado tras los cambios culturales— sienten hacia su profesión; probablemente, nada les molesta más que el hecho de que les pidan un trabajo sin esmero, con urgencia. Pero la etiqueta que les caracteriza es el conocimiento: el conocimiento continuamente extraído, como significado, de la información disponible como significante.
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