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Educación
Publicado el 30 de Octubre de 2006
 

El derecho a la educación en las prácticas de las ciudades

Walter Trejo Urquiola
Coordinador General
Cátedra de la Paz y Derechos Humanos “Mons. Oscar Arnulfo Romero”

Walter Trejo Urquiola En los actuales momentos de cambios y transformaciones democráticas en las ciudades latinoamericanas, éstas adquieren un protagonismo determinante en cuanto a la formación de sus habitantes en una ciudadanía responsable y con derechos plenos.

La diversidad de actores y acciones de tipo educativo que se gestan en las ciudades latinoamericanas es impresionante, es de una pluralidad que va desde la educación formal y no formal. Muchas de ellas emprendida desde los gobiernos locales o nacionales, pero en general son desarrolladas por las propias sociedades a través de sus organizaciones.

Sin embargo, todos sabemos que el derecho a la educación es una responsabilidad constitucional y no delegable del Estado. Ninguna otra institución, ninguna organización ni grupo social pueden garantizar plenamente el ejercicio de este derecho humano consagrado por los documentos de las Naciones Unidas, y por la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela.

Las crecientes desigualdades, la pobreza, la exclusión y las inmensas dificultades de los sectores más vulnerables, inhiben en la práctica concreta el ejercicio del derecho a la educación. Sin la intervención manifiesta del Estado para compensar desigualdades que permitan superar la histórica postergación mediante inversiones crecientes y sostenidas a largo plazo, el derecho a la educación se convierte en una falacia gubernamental y social, en el mejor de los casos sólo contención social y en el peor, reproducción de los valores, creencias, slogan y preconceptos de una clase determinada, dominante e incapaz de permitir realmente el acceso al conocimiento valioso y socialmente digno y humano.

Valioso para resistir la miseria y la exclusión, valioso para organizar ese resistencia, valioso para comunicarlo sin soberbia, sin tapujos, sin precio de mercado. Valioso para participar, es decir, ser parte del proceso de cambio que vivimos, pero con respeto, que no estar presente o ser testigos, ser parte, decidir informado, resolver colectivamente sin ser manipulado en una de las tantas seudo instancias llamadas participación sino de espacios colectivos verdaderamente participativos. Valioso para resolver los problemas a tiempo, para cambiar a tiempo, para hacer y para no hacer, para ser sujeto y para no ser objeto de las manipulaciones de sindicados, gremios y del propio gobierno.

Valioso para desechar la pretendida neutralidad del conocimiento científico/técnico cada vez más político, cada vez más emparentado con la propiedad intelectual y a las patentes a favor de los grupos económicos apropiadores de los saberes, los esfuerzos y las observaciones milenarias de nuestros pueblos y nuestros científicos. Valioso para reconocer la hegemonía y la disciplina social que nos arrastra la propiedad monopólico de los medios de comunicación dirigidos al consumo masivo y la cultura del individualismo y la competencia levantados como valores universales de nuestras sociedades. Valioso para desarrollar el arte, la creatividad, el juicio crítico o más simplemente para rescatar la dignidad humana sobre el piso mínimo del ejercicio efectivo y pleno de los derechos humanos.

Desde las organizaciones que luchamos por la educación en y para los derechos humanos, la paz lo hacemos para que ese compromiso reafirmado por el Estado sea un compromiso social al servicio de una educación pública, gratuita, de calidad y al servicio del pueblo, sea una realidad.

Hoy, más que nunca, la educación está llamada a redoblar su esfuerzo que bien, lo sabemos, solo comienza en el aula pero está dirigido extramuros para contribuir al cambio social. Un cambio que facilite la utilización ética del conocimiento científico y tecnológico humanizado y humanizante, que genere dentro mismo de las aulas los espacios de convivencia, organización y conocimiento que favorezcan una proyección social capaz de aportar a la desaparición del fanatismo, económico, cultural, social, religioso, racial, sexual o cualquier otra de las formas sobre las que se construye la discriminación social. De este precepto, la labor emprendida en el estado Mérida, por la Cátedra de la Paz y Derechos Humanos “Mons. Oscar Arnulfo Romero” apunta por una mejor educación con hechos concretos.

Una tarea de inmensas dimensiones que no puede realizarse solo desde la escuela, pero sin la escuela tampoco será posible. Por eso creemos, que la escuela debe convertirse en estos momentos en el espacio para la convivencia y el respeto de los derechos humanos de los niños y adolescentes, en el dicho y en el hecho.

El derecho a la educación en las prácticas de las ciudades debe pretender a formar ciudadanos y a la propia ciudad como una escuela, articulando los preceptos de la educación en valores, la cultura de paz y la promoción de los derechos humanos para todos sus habitantes.

En tal sentido, entendemos desde la Cátedra de la Paz y Derechos Humanos “Mons. Oscar Arnulfo Romero”, Organización Comunitaria de Desarrollo Social, adscrita a la Universidad de Los Andes, en Mérida ( Venezuela ) por Cultura de Paz, la posibilidad de todas las personas de recibir educación integral, digna, sistemática, amplia y de buena calidad que les permita: comprender sus derechos y sus respectivas responsabilidades; respetar y proteger los derechos humanos de otras personas; entender la interrelación entre los derechos humanos, democracia y participación comunitaria; ejercitar en su interacción diaria los valores, actitudes y conductas consecuentes con la paz, la democracia y los derechos humanos.

La educación sigue siendo el factor más importante para acelerar los tiempos éticos, para garantizar los derechos humanos, para abrirse a la comprensión de sí mismo y del otro, para insertarnos en el proceso de transformación que experimentamos como sociedad desde el año 1999 en Venezuela. En definitiva para hacer posible la construcción de una historia diferente, en otro mundo posible que nunca antes, para bien o para mal, dependió tanto del pueblo.

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