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| Alimentación |
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| Publicado el 23 de Enero de 2008 |
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La Utopía de Fernando de Noronhas
Jorge Castex
Premio al "Mérito Agropecuario" 2002 por valores morales
Seleccionado "Buena Práctica" 2004 por las Naciones Unidas
Agente Clave de la Red de Alimentación Escolar de América Latina
Premio al Merito Agropecuario 2005 como empresa social
Delegado argentino ante el Global Child Nutrition Forum 2005/2006
Miembro honorario de la School Nutrition Association EEUU
Miembro de la Red Colombiana de Alimentación Escolar
Asesor del Plan Puyhuan de desarrollo comunitario del Perú
Fundador de La Red de Alimentación Escolar Argentina
Miembro de la Comisión Consejo de Paz de la Cancillería Argentina
Asesor ad-honorem del Superior Gobierno de Salta en Politicas Publicas
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He encontrado en los libros varias definiciones de este término: Plan, proyecto, doctrina o sistema optimista o halagüeño que aparece como irrealizable en el momento de su formulación. También se la define como un lugar que no existe.
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Busque en el diccionario de sinónimos y encontré: fantasía, anhelo, imaginación, fábula, ficción, ilusión, idealización, ideal, sueño, alucinación, invención, quimera.
Utopía es un término inventado por Tomás Moro que sirvió de título a una de sus obras escritas en latín alrededor de 1516. Según la versión de varios historiadores, Moro se fascinó por las narraciones extraordinarias de Américo Vespucio sobre la recién avistada isla de Fernando de Noronha, en 1503. Moro decidió entonces escribir sobre un lugar nuevo y puro donde existiría una sociedad perfecta, haciendo referencia a dos neologismos griegos con esta palabra: outopía (ningún lugar) y eutopía (buen lugar).
Se puede decir que la utopía es un proyecto, deseo o plan ideal, atrayente y beneficioso, generalmente para la comunidad, que es muy improbable que suceda o que en el momento de su formulación aparece como irrealizable.
Apenas comenzaba el tercer milenio cuando tuve la oportunidad de participar en una misión en Olinda, próxima a Recife en Brasil. Por circunstancias particulares, --“casualidad” le dicen algunos-, un pequeño grupo tuvimos que trasladarnos a la isla Fernando de Noronha a poco mas de una hora de avión sobre el atlántico.
Un maravilloso mar, protegido por enormes rocas y pequeñas islas que forman el archipiélago. Buceamos en mar calmo y luchamos con enormes olas del otro lado de la isla. Caminamos mucho e hicimos nuestro trabajo bajo la mirada atenta de la puntiaguda roca que como fiel centinela, se eleva a cientos de metros. “El Dedo de Dios”, la llaman los navegantes, pues apunta directamente hacia el cielo. Mientras bajo su superficie, hay más de 4 kilómetros de profundidad hasta asentarse en la corteza terrestre.
Conocimos allí un verdadero paraíso terrenal.
¿Acaso Tomas Moro estaba en lo cierto? ¿Seria posible la utopía?
Poblada en diferentes épocas por conquistadores y piratas, uniformados y andrajosos, presos y carceleros; fue colonia, refugio de corsarios, cárcel, puente aéreo, base militar y pueblito abandonado. Todo eso había debido ser Fernando de Noronhas para convertirse en Patrimonio Universal de la Humanidad y reserva ecológica. Con cero de criminalidad y de desperdicios sólidos.
¿Alguna vez escucharon a nuestros jóvenes decir las palabras “no existe” para definir al lugar más bello del mundo? Así es la “Outopía”, aquello que por ser tan bello, decimos que “no existe”… y sin embargo, lo recorrimos, lo disfrutamos, lo vivimos y lo recordamos. Reflexionamos, ese lugar, existe? Entonces me pregunto: ¿es así la utopía?, ¿es real?, ¿podremos alcanzarla? Si puedes imaginarla al menos podrás ir hacia ella, dicen algunos.
¿Y por que no? Fernando de Noronhas tardo 500 años pero se convirtió en el paraíso de navegantes y ecologistas.
El camino a la utopía implica riesgo, coraje, lucha con nosotros mismos y con los demás, fricción del optimista con el pesimista. Su camino se recorre con determinación, creatividad y entusiasmo, haciendo temblar el statu cuo con los sueños más conscientes.
La fe en la utopía, se soporta en el entusiasmo pero se desarrolla con la calma del trabajo constante. Es como un joven arroyo de montaña que corre con las aguas del deshielo arrastrándolo todo a su paso. Se golpea, empuja, gira y vuelve a girar, salta, cae varias veces, es incontrolable en su carrera.
Como las grandes ideas que nos quitan el sueño y aumentan nuestra verborragia, cuando se bajan a papel, cuando son trasladadas al mundo de la realidad, también como el arroyo de montaña llegan al lago, que les da serenidad y consistencia. Desde ese lago los canales de riego nutrirán el valle, tal como los canales de comunicación y fundamentalmente de acción lo harán con nuestra utopía.
Por otro lado seres grises y temerosos se reúnen y en lenguaje negativo sentencian “esto no va a andar”, “es muy difícil”, nos dicen, tratando quizás sin saberlo de generar así la profecía auto cumplida.
Nos cruzamos a diario con aquellos que crean su propia “distropia”, describiendo -con un delicioso cafecito, un buen mate o con una copa de buen vino de por medio-, una sociedad opresiva, indeseable y apocalíptica en un futuro cercano y doloroso. Son ellos los que nos desaniman. Si, nos “des – animan”. Nos sacan el ánimo, nos sacan el alma, entonces cuando se pierde el alma se pierde todo.
Miremos a un amigo desanimado, no tiene vida, es un ente. Debemos cachetearlo o abrazarlo con fuerza para que reviva.
Poetas, científicos, filósofos y religiosos, sueñan, imaginan, proyectan sus intenciones al universo y este les contesta “su deseo es una orden”. Gracias a las utopías de muchos tuvimos desarrollo, crecimos por dentro y por fuera.
La utopía incluye al otro y a los otros. A los que nos niegan y también a muchos que nos apoyan, a los que creen en que un mundo mejor es posible. Es una forma de aspiración íntima, un ensueño. El hombre, simplemente por ser hombre, debe aspirar a su plena felicidad.
NO SOMOS LOCOS NI SOMOS POCOS, los que creemos en la Utopía de un mundo mejor. ¿Valdrá la pena esperar otros 500 años?
En esos días del 2000 cuando la Argentina de debatía entre indigencia y hambre, mirando ese “Dedo de Dios” de Fernando de Noronhas, soñando como Tomas Moro, generamos nuestra propia utopía: “nutrir saludablemente a los mas necesitados”.
Los grises y los mercaderes del templo se acercaron para desanimarnos y robarnos. Seguimos nuestro sueño que se hizo realidad. Lo llamamos Alimentos de Argentina.
Hoy llevamos entregadas más de 40 millones de porciones de alimentos fortificados que llegaron gratuitamente a quienes más las necesitan.
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